INDICE

Abandono

Agradecimiento  

Almas 

Amor  

Ascética

Caridad

Confianza

Contemplación

Criatura

Cruz

Espíritu Santo

Eucaristía

Humildad

Infierno

Instrumento

María

Martirio

Misión

Misericordia

Nazareth

Obediencia

Oración

Padre

Pobreza

Santidad

Voluntad de Dios

Jesús


Abandono

1.     Dame que inculque en todas mis hijas este espíritu de abandono y filial sumisión en tus manos: que no nos angustiemos por el mañana, que todo lo dejemos confiadas en tu Corazón adorable. Sagrado Corazón de Jesús en ti confío.

2.     Al esconderme dulcísimo Jesús en tus amorosos brazos; al confiar inmensamente en tí, al cerrar los ojos al porvenir que parece obscuro y borrascoso, me escondo, me refugio, me abandono con la Obra que me has confiado. A ti más que a mí, te interesa porque es fruto de tu amor, se consumó en la unión de voluntades, de afectos; en la unión de nuestras vidas.       

3.     Toda me abandono a ti; quiero lo que tú quieras; como una pobre mendiga recibiré agradecida lo que tu amorosa mano quiera darme [...] 

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Agradecimiento

4.     Qué dulce sentirse, sentirme yo, posesión de Dios, su criatura, y agradecérselo; y a causa misma de esta dependencia, vienen los actos formales, aunque no vocales, de esperanza, y con estos los de gratitud como una consecuencia lógica, porque quien espera y tiene la certidumbre de alcanzar lo que espera, agradece, y quien agradece ama, y ama tanto más inmensamente cuanto se siente más indigna de las miradas de Dios, de sus regalos, de sus gracias, de sus caricias.

5.     Que agradecimientos brotan de mi alma al considerar esta gran merced de mi Señor al darme el ser, al darme esta alma que es imagen suya, a la que ha enriquecido con los más regalados dones de su misericordioso amor.

6.     ¡Cómo corresponder Jesús mío a tanta bondad, a amor tan infinito! Ya sé como Jesús; hacer en la tierra tus delicias; ya sé como tenerte siempre contento; ya sé como salvarte muchas, infinitas almas; ya sé como negociaré grandemente en tus intereses, que son los míos.

7.     ¡Gracias Dios mío por tu infinita misericordia! Gracias por tus ternuras de madre para nuestra pequeñita comunidad.

8.     [...] los deseos de agradar a nuestro Señor y comprarle almas, llegaron a obsesionar mi alma de tal manera, que no pensaba en otra cosa, y el amor de Dios crecía en mi alma, en proporciones, que mi pobre corazón ya no podía contener sus impulsos, ni los raudales de infinitas condescendencias y ternuras de mi divino Dueño. 

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Almas

9.     Dame Dios mío generosidad muy grande, espíritu de continua mortificación y el don de la oración continua, humilde y confiada, para salvarte muchas almas, ya que tienes la dignación de hacernos cooperadores tuyos en la grande obra de la Redención.

10.     [...] creo, que cada cosilla, ofrecida por muchas intenciones a la vez, puede comprar, digámoslo así, todas y cada una de ellas, por cuanto va unida la obra a los méritos de Jesús, y purificada por las manos de María.

11.     Lo que a mí me mueve para componerme, para trabajar de veras en mi san­tificación, es lo mucho que le debo a N. Señor y la sed que siento por salvarle almas, por salvarle México, por hacer amar a María.

12.     ¡Señor mío y Dios mío! ¡Bendito seas! Mi alma rebosa gratitud hacia tí. Está inundada de tus gracias, celestiales claridades, que no acabaría de escribir, la inundan y la hacen ver el inmenso campo de acción que se encierra en los límites de su pequeño convento, para trabajar como madre cariñosa, en la niñez y juventud toda [...]

13.     [...] era increíble, las fuerzas que el pensamiento de salvarle a Jesús almas infantiles, me daban para continuar una lucha, diré, cuerpo a cuerpo, con todos los poderes del infierno, en medio de una extrema debilidad física, proporcionada por el excesivo trabajo y la escasa alimentación.

14.     No es la consideración del infierno, no es la consideración del cielo con su dicha eterna, ni lo tremendo del juicio, ni nada de estas cosas, lo que me mueve a amar a nuestro Señor, a procurar su gloria, a ser fiel hasta en las menores cositas, lo que me mueve son las almas, salvar almas para él [...]

15.     [...] alcanzar la santificación de los sacerdotes, y la preservación de la niñez y de la juventud, y ofrecer a mi Señor el don de las almas, de las almas que yo logre comprar, como el testimonio de mi gratitud, por todas las gracias, por los inmensos favores con que ha querido enriquecer mi alma, y los que tan mal he sabido negociar.[...]

16.     [...] si por todos y cada uno de nosotros sufrió tanto, debe serle muy agradable, que por todas y cada una de las almas ofrezca a su Padre celestial todo lo que hago, uniéndolo al tesoro de la Iglesia, y con inmensos deseos, de salvar muchas, todas las almas para él.

17.     [...] Señor, tu ves mi corazón y conoces cuáles y cuán grandes son los anhelos que lo embargan; sabes que quisiera comprarte muchas almas, todas si posible me fuera, que quisiera corresponder a tu amor con una generosidad que llegara hasta el heroísmo

18.     Ser generosa con Jesús, serlo por amor, por la sed de almas, para poblar su cielo. Y este trabajo comercial no lo puedo yo desarrollar sino con mi Madre Sma. ¡Cuán dulcemente, con cuánta paz, se trabaja en brazos de María!

19.     [...] lo que me lleva a sacrificarme con el fin de comprar almas, es el amor, para que Dios nuestro Señor sea amado eternamente, por todas sus criaturas, para que la eficacia de su redención, no se pierda en ellas.

20.     Haré de mi vida, con la ayuda de la gracia, una mina, de la que saque piedras preciosas para negociar con mi Madre celestial, la salvación de todas las almas, porque no quiero contentarme; sino con todas, avalorando mis acciones, desde las más insignificantes, con la pureza de intención y el amor, que las fecundice [...]

21.     Las almas se compran con sacrificios.

22.     [...] las almas son el móvil de mi vida, y este anhelo lo llevo muy clavado en el alma.

23.     A mi Madre santísima de Guadalupe le he pedido me ayude a sacar un verdadero fruto; algo que me empeñe en mi santificación, para que pueda así comprar verdaderamente almas para Dios.

24.     Ellas, las almas, como en muchas otras ocasiones, me han dado el fervor; no el fervor sensible, pero sí, el fervor del deber amado.

25.     ¡Te traigo todas las almas que te han horriblemente ofendido: te traigo todos aquellos que no te conocen por la fe, te traigo todos aquellos que te odian, porque, tantos, no te conocen; todos estos necesitan un rayo de tu luz; necesitan que te muestres a ellos en la ternura inefable de tu amor!

26.     Acuérdate Jesús mío, que todas las almas están vinculadas a la mía propia por el deseo de tu gloria, por mis ansias de salvarlas, por mi anhelo de que se enamoren de ti. Dámelas por herencia. Sí Jesús, dame almas y quítame todo lo que quieras.

27.     Que este mismo ideal informe a todas mis hijas: que ninguna rehuse ningún sacrificio por salvarlas, que todas tengan a grande dicha el poder morir por ellas a ejemplo tuyo. ¡Oh Señor, concédeme la gracia del martirio! Sagrado Corazón de Jesús en ti confío.

28.     Que el amor inmenso con que tú nos has amado, dulcísimo Jesús, sea el amor con que todas las Clarisas Misioneras amemos a todas las almas, empezando con un amor muy exquisito por nuestras propias hermanas, un amor sin singularidades, sin mimos; sino santo, puro, sin egoísmos, con delicadezas de madre y con espíritu varonil.

29.     Un amor que ayude siempre al que está próximo a caer, que no se escandalice por las faltas que ve, que sepa siempre disculpar, consolar, tolerar, aguantar las impertinencias, con la delicada ternura de que tú nos diste ejemplo, divino Maestro.

30.     Yo soy la esposa, tú el Esposo: a ti te toca darme hijas e hijos que se extiendan por toda la tierra, que pueblen el cielo. Me entrego a tu voluntad, no rehuyo los sufrimientos, los dolores; quiero almas solamente que te glorifiquen y te alaben eternamente.

31.     ¡Oh Jesús Maestro, me enamoras! Sí, tú eres el amor de mi alma. ¿Cómo es posible que haya almas que no te aman? ¡Concédeme que te dé a conocer al mundo entero, que te amen todos, como yo te quiero amar!

32.     Enséñame a ser como tú, dulcísimo Jesús, que no piense en mí misma jamás, que mis atenciones, mis cuidados, mis amores, sean para las almas que me has encomendado. ¡Sálvalas!

33.     Que allí donde me lleves a mí, a tu lado, a tus eternas moradas, estén también ellas, todas, sin que me falte ninguna. Tuyas eran y me las diste, yo quiero volverlas a ti como una casta virgen engalanada para su Esposo.

34.     Mi corazón se enardece, se inflama, se enamora más de las almas, ¡quisiera conquistarlas a todas para Dios.

35.     Enamórame hasta la locura de las almas. Que me sacrifique sin cesar por ellas, que para ellas sean mis anhelos todos, mis ansias, mis martirios interiores; que te salve Jesús, que te salvemos muchas almas.

36.     Da a este Instituto como herencia el anhelo insaciable de la salvación de las almas. Pero que este anhelo se base ante todo en la unión contigo, en una vida inmolada, silenciosa, oculta: en una vida que, manando de la vida interior se desborde en un apostolado fecundo y generoso, sencillo y alegre en medio de las penalidades que le darán más consistencia, más vigor, más lozanía.

37.     Almas, Jesús, almas para la Santísima Trinidad. Almas que tú creaste, que formaste en las que te incrustaste todo entero por el santo Bautismo. Pero cuántos millones de ellas, desde la creación, han vivido sin la gracia sobrenatural; no ha habido quien regenere sus almas en las aguas saludables del Bautismo. ¿Qué pasa, Señor, si las creaste por amor?

38.     ¡Oh amor de predilección por la mía! Llámalas a todas, Señor a tu Reino. Quiero almas, todas las almas. Te pido que nos hagas omnipotentes contra tus enemigos. Que te salvemos millones de almas. Ve Jesús que es el fin de mi vocación, que lo ha sido desde que me transformaste en ti, y me desbarato toda de ver tan poco fruto.

39.     En la salvación de las almas está tu inmensa gloria, está tu consuelo, la dicha del Padre que recupera a su hijo que había perdido. ¿No he de querer salvarte muchas almas? Pero Jesús, ¿en qué se me había ido el tiempo?... y aquí, sin amargura, pero con intenso sentimiento mi alma se humilla, pero sumergida en el amor, y ruega intensamente, y pide, y espera y se cree omnipotente.

40.     Si logro mi santificacion daré mucha gloria a Dios, más que con la conversión de muchas almas; pero nunca puedo apartar a las almas de mi camino; son, han sido siempre el sostén de mi vocación, la fuerza en mis penas y amarguras. Unidas a los méritos infinitos de Jesús quiero negociarlas por la salvación de ellas.  

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Amor

41.     Tú ves mi corazón; sabes que a pesar de mi fragilidad y mi miseria, sólo a ti amo, pero quiero amarte, no a medias, sino con toda mi alma, con todas mis fuerzas, con pasión; y el no haber alcanzado aún, esto que tanto deseo, me hace sufrir, tú lo ves.

42.     Señor que yo no te ofenda, aunque sufra penas de infierno. Que te ame cada día más, con obras, aunque no sienta el amor; que te salve muchas almas, aunque yo no lo sepa.

43.     Jesús, por el amor que tienes a tu Madre, y por lo mucho que le debes, que no haga yo ya obras personales y humanas, sino obras totalmente divinas, inspiradas por ti, aunque sean pequeñas en sí, pero grandes por el amor y las intenciones que las animen.

44.     ¡Ah Señor, quien te amara de veras, cuán lejos estaría de cometer pecados veniales! Porque te traería siempre presente, y tu dulce presencia, su oración continua, le libraría de esas miserias.

45.     Señor, Señor; de veras, de veras; a pesar de mi fragilidad, tu ves cuán sincero y cuán grande es mi deseo de amarte y servirte, como lo han hecho los santos.

46.     «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» [...]¡Oh Jesús! ¡mi buen Jesús! eso tu sólo me lo enseñaste. ¡Ah no! no es exacto, María tu Madre también me ­lo enseñó y ella me enseñó primero a conocerte, a darme toda a ti; ella ­me sacó (para ti) de las vanidades del mundo, [...] En un instante me robó el corazón y lo llevó a ti.

47.     El amor, ¡Ah! ese sí me atrae inmensamente, ­y es tu deseo que todos te amemos con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y ¡también es ley!

48.     [...] ¿cómo es Señor que no ardo en tu amor? Ah, ya sé; me faltan las virtudes, me falta la humildad. ¿Cómo adqui­rirlas? Yo no sé otro medio que el mismo amor; el amor que siendo medio me llevará a mi fin, ¡el amor! ¡Dios!

49.     Así hace el Señor con sus amigos; a quien más le ama, le da con más frecuencia tragos amargos.

50.     Por eso Jesús por tu amor, no dejaré pasar la menor ocasión de mostrarte mi amor. Así lo propongo yo, tú dame Señor tu gracia.

51.     Quiero Jesús, convertir mi vida en un himno no interrumpido de amor y gra­titud.

52.     Procuraré, en cualquiera ocupación que Dios quiera colocarme, hacer de mi vida un himno. Este ha sido siempre un deseo vehemente de mi corazón [...]

53.     Sí Jesús mío, quiero que mi vida entera sea un himno. Que mis obras todas sean un himno de alabanza, de gratitud, de adoración, a la Santísima Trinidad, de impetración y de súplica por pecadores y difuntos.

54.     Quiero, que aun mis miserias, mis faltas, mis caídas sean un himno, un himno levantado, entonado melodioso y ardiente, a tu misericordia; un himno que lo haga vibrar el arpa de la humillación de mi pecho, y lo haga llegar hasta tu Corazón la contrición del mío.

55.     Buscar el Reino de Dios, es hacer todo lo que él manda, pero no sólo porque lo manda, sino por amor, por agradarlo, como una correspondencia al amor que él me manifiesta.

56.     ¿Qué haré? ¿Qué debo hacer? Debo convertirme en llamas, porque amando de veras, todo lo haré bien, tanto como es posible a una pobre criatura.

57.     Mi Dios, que es amor, y que no quiere otra cosa sino que me encienda, que pegue en mi corazón su divino fuego para que arda y se abrase y se consuma en la hoguera de su Corazón, como un holocausto.

58.     Concédeme que te ame ¡Dios mío! y perdona mi locura, con el amor infinito con que tú te amas, con el amor acrisolado, inmenso con que te ama tu Madre santísima, con que te aman todos tus ángeles y santos juntos en el cielo, y con el amor con que te aman los santos de la tierra.

59.     Cuando el amor de Dios aguijonea a un alma y ésta se siente embargada, obsesionada por este divino amor, no necesita de nada [...]

60.     [...] ya que mi Señor ha tenido para mí tan exquisitas manifestaciones de ternura, yo debo corresponder a su amor con amor. Con ese amor que no mide los sacrificios, que se entrega, que se da sin reservas, aún en las agonías de las penas, en los debilitamientos del cuerpo, en ese malestar que aniquila muchas veces, en dolores continuos físicos, en fin, en todo aquello que contribuya a la salvación de las almas; vencimientos de la naturaleza, mortificación del espíritu y del corazón.

61.     [...] me basta decir: Encarnación del Verbo, para que mi imaginación se forje ese cuadro hermosísimo, misterio de amor, de amor inmenso, infinito, de un Dios a su criatura miserable, para darle, desde este instante la más expresiva muestra de su ternura.

62.     Cuando todos mis movimientos, mis acciones, todas estén regladas por el puro amor de Dios y de su gloria, sin que en ellas se mezcle nada de vanidad ni de amor propio, entonces puedo decir, que en realidad he empezado a amarlo.

63.     Que así Señor, como tu amas, ame yo; que no me acuerde de lo que pueda herirme, sino para perdonar como tú.

64.     Procuraré pagar amor con amor, en cuanto es posible a este pobre corazón mío, tan miserable, tan pequeño.

65.     Quisiera que mi vida fuera un batirse de amor, un duelo de amor continuo, a ver cual de los dos vencía. ¡Qué locura! ¿quién había de vencer, sino tú que no te dejas vencer en generosidad? Pero al menos te probaré mi amor a la medida de mis fuerzas, y con esto te agradaré, con esto estarás contento de mí, con esto te compraré muchas almas.

66.     Cuando sienta que Dios me ataca con las armas de su amor, iré con mi Madre celestial, le pediré las suyas, y las dos juntas atacaremos a Jesús... entonces ¿quién vencerá?

67.     Dios mío, ¿cómo es que no muero de amor? ¿cómo es que no arde este pobre corazón mío? ¿Por qué no se derrite al contacto de las llamas de tu amor?

68.     Dame que te ame, Dios mío, como tú mismo me amas. Dame que te ame con el corazón de María, tu dulce Madre y mía.

69.     Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación.

70.     Pediré siempre a N. Señor y a mi santísima Madre, me den sus entrañas maternales para así querer a todas mis hermanas y a mis prójimos todos.

71.     Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor, en un acto de suprema y perfecta contrición.

72.     Sí, Dios mío, como san Pedro te diré; tú sabes que te amo, tú sabes que sólo busco tu gloria: tú sabes que anhelo extenderla, dilatarla por todos los ámbitos del globo: pero tú sabes también que soy demasiado pequeña, por eso todo lo espero de ti, y en esa esperanza descansa mi corazón y se dilata mi amor.

73.     ¡Tú has sido el amor de mis amores, desde que te supe amar: y antes no supe amar a nadie porque tú preservaste mi corazón solamente para ti! ¡Quisiste la virginidad de corazón y de cuerpo y, a pesar de mis innumerables miserias, me amaste con amor eterno!

74.     En el amor me convertiste a ti, en el amor te encontré, en el amor te he vivido y en tu amor quiero morir. En tu amor quiero y te pido, se desarrolle la Obra que me has confiado [...]

75.     ¡Qué consolador es esto! y qué dulce sentirnos inmensamente amados de Dios, posesión de Jesucristo, y si nuestra correspondencia llega a lo sumo: su gozo y su corona.

76.     Yo quiero ser tu gozo y tu corona, ¡Jesús mío! Quiero amarte como nadie te ha amado [...]

77.     [...] te pido amarte como te ama tu Padre celestial, como tú amas a tu Padre y al Espíritu Santo.

78.     ¡Dios mío, mi Señor, mi Rey, mi Esposo, que te ame como mereces ser amado: que viva penetrada constantemente de estos dulces sentimientos y que, mi vida al difundirse por la comunicación necesaria con las almas que has puesto a mi cuidado, te irradie con amor inefable!

79.     ¡Dios mío, creo en tu amor infinito por mí! Creo que me permitirás llegar no sólo a la más estrecha unión contigo sino, hasta el matrimonio espiritual.

80.     Parece que no cabe en mi alma el amor; pugna por desbordarse; se sufre cuando se ama así, pero ese sufrimiento es dulce porque lo provoca, lo sostiene, lo consuma el AMOR.

81.     [...] ¡siquiera yo, Dios mío, pudiera amarte como tú quieres que te amemos! ¡siquiera pudiera amarte sin mengua, sin defecto, sin caídas! Pero soy muy pequeñita y miserable; tú conoces mi miseria, y, así y todo me abandono a tu amor, me entrego a ti, no quiero otro amor que el tuyo, por las almas.

82.     Cuando esté en el cielo, entonces te amaré sin velos, sin obstáculos, pero aun desde allá, quiero ser y te lo pido desde ahora, la estrellita que ilumine el sendero de cada una de las hijas que me has dado. Como tú, a todas las llevo en el corazón, a pesar de todo; eran tuyas y tú me las diste; unifícanos en tu amor.

83.     Dios mío te amo, tú sabes que te amo, y en ti amo a todas las criaturas que me hacen bien, de cualquier género que sea, ya que también es un gran bien los desprecios y las humillaciones.

84.     Enséñanos, Señor Jesús, a amar como tú nos has amado. Dame las gracias que necesito para dirigir tu rebañito por el camino recto que conduce hacia ti; ve tú por delante de mí, para que, siguiendo tus pisadas, no me salga un ápice de tus divinas enseñanzas.

85.     Dios mío te amo, tú sabes que te amo, tú sabes todas las cosas, ten misericordia de mí; porque soy una pecadora.

86.     Así, como tú, quieres que ame a las hijas que me has dado. Enséñame a amarlas, ayúdame a guiarlas, a dirigirlas, a sostenerlas, a infundirte en sus corazones. Tú sabes Señor, que las amo, que las amo solamente para ti. ¡Pero soy tan miserable e imperfecta! Temo que la Obra se hunda por mi incapacidad.

87.     [...] cuando el alma se sabe amada, y sabe que se la ama con amor infinito, trata de corresponder, a la medida de sus fuerzas, a ese mismo amor infinito, amando al Padre con el Corazón del Hijo.

88.     Que esta tu sierva, ame a las que le has dado, hasta el fin sin fin de la eternidad, pues aun después de la muerte, continuaré amándolas y en ellas, todas las obras emprendi­das por tu amor, y todo esto envuelto en tu amor infinito, escondido en tu adorable Corazón.

89.     Que creamos siempre en tu amor; que vivamos de él, que sea nuestro alimento y nuestro sostén y nuestra esperanza en las amarguras de la vida, para tu grande gloria.

90.     Cuánto me ama él, estoy de ello plenamente convencida. Y yo, ¿cómo he correspondido a ese amor? Dios mío, tu sabes que te amo, tu sabes todas las cosas. Enciéndeme en tu amor, abrásame en tu fuego: purifícame en tus llamas.

91.     ¡Es muy dulce llorar en el amor! ¡Qué inefable paz!

92.     Jesús. ¡El alma se derrite, se asoma a los ojos y se desborda en torrentes de dulces lágrimas que también son amargas porque tu amor Jesús mío, no es correspondido.

93.     Pero así me amas, sí Jesús, ¡yo sé que me amas con amor infinito sé que me amas, porque eres Jesús; sé que me elegiste y me preveniste desde toda la eternidad.

94.     [...] no es propiamente el dolor de mis pecados e infidelidades lo que me hace llorar. Es la comprensión muy honda, muy sentida, inefable, del amor de Dios a sus criaturas... a mí especialmente. ¿Cómo podré corresponder a él?

95.     Pobrecitos los que no comprenden los misterios de tu amor, de tu perdón.

96.     Pero ahora, otra vez Jesús dulcísimo, que me has amado tanto y que quieres mi bien, y no te cansas de instruirme, se han abierto sobre mi alma esas claridades que sólo puede dimanar de tu amor misericordioso, me has sumergido en ellas y, humillándose mi alma, ha comprendido, ha aceptado, ha amado. 

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Ascética

97.     En cuanto a mí, lo que sea para mí; no desear ningún consuelo, ningún alivio ni nada que pueda consolarme; sin quejas ni murmuraciones.

98.     [...] debo adquirir en todas las cosas el hábito de vencerme, de mortificarme, no sólo en lo ilícito, sino también en lo lícito, con el fin de adquirir ese dominio de las pasiones [...] sobre todo para manifestar a Jesús mi amor, para ofrecerle esa florecita, para recrearlo con su perfume, para cambiarlo por moneditas con que pueda comprarle almas. Y todo esto por la mediación tierna y amorosa de María.

99.     En la mortificación en todo, por amor, viene necesariamente, la igualdad de carácter, la dulzura, la condescendencia, cuando no es pecaminosa, la caridad y casi todas las virtudes. Estas son las consecuencias que he sacado. Y propongo Jesús mío, con tu gracia, no apartarme de esta bendi­ta mortificación continua.

100.     Con tu gracia propongo renovarme del todo, y hacer todos los días con el fervor que solía el santo viacrucis. Sólo me perdonaré de él, cuando estuviere enferma, o cuando verdaderamente me fuere imposible. María, Madre mía te entrego esta resolución, en ti confío.

101.     No permitas Jesús mío que te ofenda, no quiero jamás contristar tu cora­zón, sino consolarte regando a tu paso los pétalos de la rosa deshojada de una íntima amargura, de un desdén  alegremente sufrido, de una contrariedad, de la aceptación gozosa de la propia miseria, de los continuos y pequeños sacri­ficios de la vida común.

102.     Para ejercitarme en los actos de todas las virtudes ¡Cuánto venci­miento propio necesito! ¡Ah! he aquí el todo.

103.     El examen particular es un impulso hacia adelante, siempre adelante, por eso el alma va ganando siempre terreno, hasta llegar a ser: una persona de voluntad.

104.     Para poseer esta paz en su plenitud, para difundirla, para contagiarla, para que sea como una estela que se deja a nuestro paso, hay que vivir en un ambiente de abnegación, saber vivir alegremente para los demás, saber ser el ángel de las pequeñas atenciones, de los pequeños sacrificios, que se presentan continuamente en la vida religiosa y en la vida de familia.

105.     En mis enfermedades, en mis dolores, procuraré llevar el desasimiento, el renunciamiento, el espíritu de pobreza hasta donde más pueda; me aguantaré mis dolores todo lo más posible, ofreciendo a nuestro Señor por medio de mi Madre, cada minuto de estos que me torturan, y en los que la naturaleza quisiera recibir algún alivio, por la conversión de un pecador, y a la vez por muchas otras intenciones, por todos los intereses de Jesús.

106.     Pediré a nuestro Señor no me permita caer en la tibieza, que ninguna criatura impida el vuelo de mi alma a él, que ninguna bagatela ate mi alma [...]

107.     [...]¿qué cosa en la vida podrá parecerme dura? ¿Qué humillación, qué desprecio, qué desolación, podrá parecerme grande, si la comparo a las humillaciones de Jesús, a sus deshonras, a sus afrentas, a sus desolaciones, a sus abandonos?

108.     Todo es nada comparado con lo que mi Maestro sufrió por mí entonces yo, por amor a él, aceptaré con alegría todo lo que me venga de penoso, de doloroso; y más aún, iré a buscarlo, así como N. Señor fue al encuentro del traidor Judas.

109.     ¿Qué es todo lo que yo puedo dar, por más que lo diera todo, sin reservarme la más mínima partícula? Nada, absolutamente nada, menos que un centavito de cobre. Pero este centavito de cobre, esta nada, esto menos que nada, lo quiere él, pero todo entero, y todo entero se lo doy.

110.     Señor, yo no tengo más que darte que lo que tú mismo me has dado, pero tómalo todo entero, sin reservas y para siempre, para siempre...

111.     Si quiero hacer las delicias de Jesús debo ser tan fiel en las cosas pequeñas. Como mi santita querida no debo negarle ningún sacrificio, por pequeño o costoso que sea.

112.     Mi vida tiene que ser una constante inmolación, de alma sobre todo, aunque también de corazón y de cuerpo. Enséñame, divino Maestro a no inquietarme, a vivir, momento por momento, amorosamente en ti.

113.     Sé que no hay fecundidad sin dolor. Me entrego a todos los dolores del espíritu y del cuerpo que tú quieras mandarme, pero no te los pido expresamente, quiero solamente lo que tú quieras, ya que midiendo mis fuerzas, me los darás conforme a ellas.

114.     Cuando ni el trabajo, ni la fatiga, ni las contrariedades, ni las penas, ni las alegrías apartaban mi espíritu y mi corazón de tí, ¡Qué templada sentía mi alma! el sufrimiento pierde entonces su amargura.

115.     Bajo la bandera de Cristo, todo es paz (no esa paz que no se inquie­ta, sino esa otra paz que dijo Jesús, «guerra vine a traer al mundo», esto es, guerra contra las pasiones y malas inclinaciones), pero en paz; todo es obediencia pronta y sencilla, todo es reverencia y amor, caridad con el prójimo, humildad y sumisión. Bajo esta bandera de Jesús quiero estar, Madre mía. Jesús: que sea siempre uno de los que militan bajo tu bandera.

116.     Para militar siempre bajo la bandera de mi divino Capitán, pediré intensamente la gracia de la discreción de espíritus: saber elegir el bien y desechar el mal, en cualquier forma que se presente, aun so-pretexto de bien. 

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Caridad

117.     Caridad tierna y activa [...] Ah sí, mi divino maestro, yo quiero imitarte en esto; en la vida religiosa se ofrecen mil ocasiones

118.     La caridad con el prójimo, me parece que en cierto sentido es la que va­lora nuestra caridad hacia Dios, pues a Dios por sí solo, es relativamente fácil amarlo, pero si este amor a la vez que se ejercita en actos de puro amor a él, se aquilata en el amor al prójimo, con el disimulo de sus faltas y rarezas, con nuestras atenciones a él en todas sus necesidades, con nuestro gracioso sonreír a su encuentro, con nuestras continuas peticiones por su bien, con nuestro bien hablar de su persona, con nuestro afecto maternal en fin; entonces sí que es perfecto nuestro amor a Dios.

119.     Dame Señor, que practique la caridad, como tú mismo la practicaste; enséñame a infundirla en todas mis hijas. Y ten en cuenta que, lo que siempre te pida para mí, es también para ellas, pues son carne de mi carne y huesos de mis huesos, y no quiero nada para mí, que no sea también para ellas.

120.     ¡Qué hermosas son las almas alegres! Las que ocultando sus mismas angustias, las que bebiéndose en silencio sus propias lágrimas, se prodigan a los demás con ternuras exquisitas, divinas, inefables. 

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Confianza

121.     ¡Sagrado Corazón de Jesús en ti confío! ¡Y confío también en mi dulce Madre del cielo, en mi adorada Morenita, en la Señora de mi alma, en la robadora de corazones!

122.     Ya no quiero faltar a mis promesas Jesús mío, quiero ser toda generosidad; toda humildad, toda paciencia, toda mortificación, toda gratitud y toda confianza en tu misericordia. Sí, Jesús, la gratitud y la confianza han tomado asiento en mi corazón y muy lejos están mis pecados de apartarme de ti.

123.     ¡Oh no Señor! Heme aquí, pues me has llamado. Me doy a ti con toda la intensidad de mi alma ¿Para qué exponerte mis deseos? Tú los ves. Ya sé que tú me amas, siento que tienes designios especiales sobre mi alma, confío en ti con inmensa confianza.

124.     Confiar, confiar siempre, confiar por encima de todo; la confianza humilde, cautiva el corazón de Dios. ¡Oh Dios mío! yo quiero siempre decir, desde lo íntimo de mi alma: «Aun cuando me dieses la muerte, en ti esperaría».

125.     Jesús, tú que ves mi corazón y mis deseos, ayúdame. En ti confío.

126.     En ese profundo abatimiento, en ese conocimiento íntimo de mi inmensa miseria, que muchas veces por sí sola sería capaz de anonadarme hasta la desesperación, nace, se levanta poderoso el sentimiento de inmensa confianza en ese Dios infinito, en cuya hoguera de amor, se evaporan, consumiéndose, como pequeña gota de agua, los fardos de nuestras iniquidades.

127.     ¡Ah Jesús, el Padre del hijo pródigo me enamora! Siempre me gusta con­siderarme así, y en este sentimiento de profunda miseria mía arrojarme en Jesús [...]

128.     [...] si por desgracia incurriere en alguna falta a pesar de mi buena vo­luntad, no me descorazonaré por ello, me arrojaré al instante en brazos de Jesús.

129.     Y cuando con confianza infantil, deliciosa, nos arrojamos en sus brazos paternales, y esto precisamente porque nos vemos cargados de miserias, pero detestándolas, roba su Corazón; entonces él no se acuerda de nada, sólo una cosa recuerda: que él es el Padre del hijo pródigo.

130.     Convencida como estoy de que la confianza en un Dios sapientísimo, bondadosísimo y poderosísimo me ha de santificar a pesar de mis debilidades, de mis recaídas, de mis inconstancias, me da alas para volar hasta él y esperarlo todo de él.

131.     ¡Cómo le gusta a nuestro Señor darnos gratas sorpresas! Y esto, naturalmente, nos afirma en su confianza, nos robustece el agradecimiento y nos hace crecer en el amor.

132.     ¿Quién viendo a tan dulce Señor, tan amante, tan fino, tan exquisito, no pone en él toda su confianza, esa confianza que en la vida práctica es el vínculo principal que nos une con N. Señor, vínculo dulcísimo que eleva, que levanta de la postración de las propias miserias hasta su abrazo de misericordia, hasta las efusiones más tiernas y delicadas entre el Esposo y la esposa?

133.     [...] esa confianza que es algo mío, digo, un don de su infinita misericordia, que me lleva siempre a pedir con ilimitada confianza, en un arrojo total en sus brazos, y tanto más, cuanto me siento más indigna, más miserable.

134.     Si yo quiero ser predestinada, debo como mi santita querida Teresita, confiar siempre por encima de todo, y confiar inmensamente.

135.     A cada asalto, a cada oposición de las criaturas, siento en el interior de mi corazón que me dicen estas palabras: «No temas, yo he vencido al mundo». Y así, escudada en este Corazón dulcísimo, ¿qué puedo temer? ¿Qué no puedo esperar? En ese Corazón sagrado me escudo; él es mi baluarte, mi coraza, mi yelmo, mi todo.

136.     ¡Con qué inmensa confianza le digo a cada momento: Sagrado Corazón de Jesús en ti confío... cuando la repiten mis labios y mi corazón, mi alma se deleita en esa confianza plena, absoluta, total; y crece tanto esta pobre alma mía, se dilata tanto que, abarca en su amor, cubre con sus alas, a los habitantes del mundo entero[...]

137.     Tú no necesitas, Dios infinitamente rico, nuestros miserables dones, pero sí me pides el corazón todo entero, y con él mi gratitud, mi confianza, mi fe en tí, mi abandono a tu Providencia, mi donación total.

138.     Si me quisiera basar en la justicia de mis obras, ¡qué cúmulo de imperfecciones! todas éstas las abandono a su infinita misericordia y... en él confío.

139.     Sí, la confianza será siempre mi faro, mi guía, mi sostén, mi victoria.

140.     Es que ¿quieres, Señor, afianzarme en la obra comenzada? Tú has oído mis clamores angustiosos que te llaman en nuestro auxilio: «Sálvanos Señor, que perecemos», no con la desconfianza del que teme ahogarse, sino más bien ¡con la confianza de quien lo espera todo de tu amor!

141.     Poderoso eres para salvarnos, y sólo tú puedes hacer prosperar tu Obra y santificar a hijas y madre. Sí, Dios mío, en ti confío.

142.     Mi alma está inundada de paz; la confianza segura es su alimento. Sí, todo lo puedo en él que me conforta: pero esta confianza es tan grande y tan dulce, que parece que me quita toda pena, aunque ellas subsistan. Gracias Dios mío.

143.     Pero a mí, en tu inmensa misericordia me has concedido, Dios mío, el que confíe en ti, por encima de toda esperanza, y que, cuánto más obscuro veo el camino, cuánta más dura es la prueba, cuando parece todo perdido, entonces, tú lo sabes, mi recurso habitual es tu divino Corazón, y derramando en él todas mis ansias, mis angustias, mis penas, mis amarguras, descanso amorosamente en tu amor infinito y de él lo espero todo.

144.     Quiero confiar siempre en ti, inmensamente, como tú confiarías si tuvieras un Jesús a quien amar y en quien esperar.

145.     Sí dulcísimo Jesús en ti confío: pero déjame que te diga llena de confianza en las horas angustiosas: sálvanos Señor que perecemos. No porque sienta que el fracaso será irremediable, sino solamente, para que veas que, si tú no lo haces todo, si tú no inclinas todos los corazones hacia tí, si tú no los llenas de tus gracias, si tú no eres el Director, el sostén, el apoyo, todo, estamos seguras fracasará la Obra.

146.     Inflama más y más mi confianza: acreciéntala Jesús mío, hasta lo infinito, quiero confiar con tu mismo Corazón, y lo que quiero para mí, lo quiero para cada una mis hijas, presentes y futuras, porque cada una es parte integrante de mi ser, y todas juntas, te pido formemos el Cristo perfecto.

147.     Fiel eres Señor, en tus promesas, y tú me has dicho: Ten confianza, nada temas. Confío en ti, sí dulcísimo Jesús, confío en ti.

148.     Y de esta confianza debe brotar, abierta, sincera, ingenua, la seráfica alegría, la alegría santa de los hijos de Dios.

149.     [...] sé que él me perdona y me ha perdonado siempre; sé que mientras con su misericordia, por su misericordia, él me conceda confiar y confiar contra toda esperanza, no podrá hacer nada en mi contra. La confianza, como él mismo lo ha dicho, le ata las manos.

150.     ¡Oh dulcísima confianza! ¿Cómo es que muchas almas no saben confiar? Enséñalas, Jesús. ¿Qué hacemos, mientras no confiamos en ti? ¿Qué tenemos si tú no nos lo das? Te lo pido de una manera especial para las hijas que me has dado, y para cuantos ama mi corazón. Y ¡ama tanto! Y ¡a tantos! Ama a todo el Cuerpo Místico tuyo, ama también los millones innumerables de paganos.

151.     Dame que inculque en todas mis hijas este espíritu de abandono y filial sumisión en tus manos: que no nos angustiemos por el mañana, que todo lo dejemos confiadas en tu Corazón adorable. Sagrado Corazón de Jesús en ti confío.

152.     Al esconderme dulcísimo Jesús en tus amorosos brazos; al confiar inmensamente en tí, al cerrar los ojos al porvenir que parece obscuro y borrascoso, me escondo, me refugio, me abandono con la Obra que me has confiado. A ti más que a mí, te interesa porque es fruto de tu amor, se consumó en la unión de voluntades, de afectos; en la unión de nuestras vidas.

153.     [...] en mis caídas, mi refugio habitual eran, mi dulce Madre de los cielos, que me prodigaba sin cesar sus ternuras y sus caricias, y Jesús sacramentado, en cuyo divino Corazón abría el mío de par en par, con todas sus faltas, sus angustias y sus combates; confiando en ellos únicamente, ya que no podía contar, en absoluto, con ninguna criatura. 

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Contemplación

154.     La creación del mundo con sus innumerables maravillas y hermosuras, es un acto del amor de Dios. Por eso mi alma cuando la contempla se siente transportada, arrobada, enajenada, endiosada, por decirlo así; y se remonta, en alas del amor, hasta el trono de Dios, para agradecerle sus bellezas, para, anonadada, fundirse en él.

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Criatura

155.     Verdaderamente es algo delicioso para mí, meditar sobre mi creación. La mía, la propia de mi ser. Apenas hace unos años aún no era yo nada. Dios me pudo hacer un ser inanimado, o irracional, y no lo hizo, no porque yo se lo hubiese pedido, sino por su infinita bondad.

156.     [...] que dulce es pensar que soy de Dios, que de él salí y que a él debo volver. Que desde toda la eternidad él me tiene en su mente, que soy: un pensamiento de Dios, un deseo de Dios, un latido de su corazón.

157.     Soy un pensamiento de Dios, porque desde toda la eternidad pensó en darme el ser; y ya me veía tal cual soy, con mis defectos y mis cualidades, mis promesas y mis inconstancias, mi confianza y mi amor, y con todas mis miserias.

158.     ¡Oh, sí! Qué delicioso sentirme un pensamiento de Dios.

159.     Soy también un deseo de Dios. Al concebir en su mente purísima el designio de crearme, ya fui por esto mismo, un deseo suyo.

160.     Al ocupar yo, nominalmente un deseo en el corazón de Dios, fui a la vez objeto de sus ternuras, de sus predilecciones, de sus caricias, de sus gracias de elección; desde la eternidad me dijo: «No eres tú quien me elegiste, sino que yo te he elegido».

161.     Yo, nada, molécula impalpable, nada pecadora, soy un latido del corazón de Dios, de un Dios creador, redentor y santificador; de un Dios que, al concebirme en su mente, al hacer latir su corazón, ya se había formado sobre mí designios de predilección, ya me veía rescatada con el precio de su vida, ya me veía purificada con su sangre preciosísima, ya me veía colmada de sus gracias especiales, ya, desde toda la eternidad, me depositó, como niña pequeñita, en el regazo de su virginal Madre; ya desde entonces quiso que fuera a él, por María.

162.     ¿De dónde vengo, a dónde voy, y qué hago en este mundo? Vengo de Dios, de su seno, de su mente, soy un vestigio de su amor. Y voy a él... Él me espera, con una paciencia infinita; y entretanto llega ese día venturoso, me marca el camino, él, que es camino, la verdad y la vida. Me alimenta todos los días con su Cuerpo adorable, me da su gracia y su amor.

163.     Si soy pues un latido del corazón de Dios, en qué armonía deben estar todos mis pensamientos, mis deseos y mis obras, con los de Dios. ¡Cómo él debe reflejarse en mí! ¡Cómo debiera retratarse en mi ser, la imagen suya! ¡Cómo todo mi ser debería respirar santidad, dulzura, paciencia!; ¡Cómo mi corazón debería ser un reflejo de su Corazón!

164.     Como criatura suya tengo derecho a todos los beneficios de Dios creador. Como su hija a sus perdones, a sus caricias, a sus regalos, a su solicitud. Como esposa a sus intimida­des, a sus comunicaciones, a sus ternuras; a su participación como Padre, de todos los seres racionales, constituyéndome por eso mismo madre de todos los mortales.

165.     ¡Qué dicha tener ser y en este ser que debe perecer algún día, un alma inmortal. Imagen de Dios, su retrato, y que, por participación, deberá ser algún día otro dios!

166.     Qué asombro, qué embriaguez y qué consuelo el pensar que de nada que era, soy ahora criatura, y criatura dotada de inteligencia, y criatura privilegiada, escogida entre millares; y criatura capaz de santificarme y ser una fiel copia de Dios, con solo cumplir en todo y siempre la adorable voluntad divina. 

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Cruz

167.     Me he ofrecido víctima a tu amor. Que sea una verdadera víctima, dulce y afable, que te encante y te deleite. Que ya para mi próxima profesión perpetua, quiero ser una verdadera esposa fiel, viviendo vida oculta en mi corazón contigo y en la cruz; bien sé Dios mío, que no bastan mis propósitos por sinceros y fuertes que sean, si tu gracia no los fecundiza y para que ésta no me falte, que mi oración sea sin interrupción.

168.     Hay que acostumbrar el alma a ver en todos los sucesos de la vida, (cuando no es pecado), en cuanto nos hiere y nos molesta, la mano de Dios.

169.     Oh mi dulcísimo Jesús, atormentado por mí, muerto por mí, ¿quien podrá entristecerse y afligirse por las tristezas y penas de este mundo, si te mira a ti en la cruz?

170.     Graba Señor en mi corazón tus llagas y tu Pasión, porque entonces, tu yugo es suave y tu carga ligera. En espíritu quiero permanecer siempre al pie de la cruz.

171.     Me dedicaré a estar al pie de la cruz; ahí veo todos juntos, acumulados, los sufrimientos de mi Salvador; y en esos supremos tormentos el máximo del amor. ¿Qué me puede negar el Padre viéndome al pie de la cruz, contemplando los indecibles sufrimientos de su Hijo, a cuyo precio apelo yo?

172.     ¡Ah, qué dulce, qué consolador, qué inefable es el misterio de la cruz! Cuánto podría decir de lo que ahí mi alma goza, espera, sufre, ofrece, [...] yo misma quiero esmerarme como en mis mejores tiempos, en que la amaba con pasión, de esta bendita cruz, clavándome prácticamente en ella, para agradar a Jesús y María, para alcanzar el grado de gloria que el Señor me tiene preparado, y salvarle todas las almas.

173.     ¡Oh, cuán conmovedor es contemplar el cuadro de la Pasión y llorar porque la principal causa fueron mis pecados; pero alegrarme también, porque con es­tos tesoros infinitos puedo comprar muchas almas para el cielo *y así hacer ­efectiva, en muchas almas la Redención [...]

174.     Así es mi dulce Jesús. Sólo atribula al alma, para que después, de esa misma tribulación, saque grandes bienes y una inmensa alegría.

175.     No hay paz más grande ni más deliciosa, que la que goza el alma después de sus combates, de sus luchas, de sus victorias; aunque haya tenido que derramar sangre.

176.     [...] tú sabes Señor que detesto todos mis pecados, desde que empecé a ofenderte, hasta la hora actual; que quisiera llorarlos con lágrimas de sangre, y que quisiera no tener esta libertad tan veleidosa, sino que tú te la llevaras toda, para no tener ya más la facultad de ofenderte.

177.     La palabra: temor de Dios, se traduce fácilmente en esta: temor de mí misma: temor de ofenderle, temor de ser infiel a mis juramentos, a mis promesas, temor de desagradarle, temor de dejar un día de amarle.

178.     Nada ni nadie me puede hacer vacilar, sé que me expondré a llevar sobre mis hombros, una cadena no interrumpida de sufrimientos: ¡qué importa!, al contrario tanto mejor, entre más sufrimientos, más almas para Dios.

179.     Sé que a nadie puedo decir mis penas, mi desolación interior, ni mi malestar físico. ¿Quién me creerá? Me basta que Dios lo sepa... se lo entrego a mi Madre santísima, por las almas, por las misiones.

180.     Estoy dispuesta, con tu gracia, a pasar por todas las inmolaciones, por todas las cruces, por todos los sufrimientos [...]

181.     No sé cómo te las arreglas Señor, ¡para hacer sufrir tanto! Comprendo en estos casos, cómo las almas sin fe y sin amor, se desesperan y se quitan la vida. ¡Creo que la agonía de la última hora no puede ser más intensa!

182.     Sí, dulcísimo Jesús, hazme sufrir lo que quieras, cuánto quieras, pero déjame que descanse siempre en tu amor, que cuánto más intenso sea el dolor, la tentación, la lucha, más confíe en ti. Contigo, ¿qué puedo temer?

183.     Si es preciso que pase por todos los desprecios, por todas las incomprensiones, por todos los olvidos, primero los pasaste tú, divino Enamorado. Enamórame de tu cruz, de tus dolores, de tus desprecios, y mándame lo que quieras, pero que la confianza en ti crezca también, hasta lo infinito.

184.     ¡Cuántas luces ha recibido mi alma! Todavía sufre, pero ¡les es tan dulce! Que bueno que tenemos un corazón que inmolar por Dios. 

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Espíritu Santo

185.     Si mis infidelidades han sido la causa de que la luz del Espíritu Santo no ilumine directamente mi pobre alma, le pediré perdón, para que venga otra vez a ser mi Maestro.

186.     En las comunidades religiosas, la alegría es muy necesaria, es mensajera de paz; ella alimenta el espíritu, lo vigoriza, lo ensancha, lo hace apto para recibir las luces del Espíritu Santo.

187.     Pedir, con mucha frecuencia al Espíritu Santo, sus luces y su amor para que inflame mi corazón en su amor, y me haga obrar siempre a su impulso, sobrenaturalizando mis más mínimas acciones.

188.     Lo que te pido y quiero para mí, Señor, lo quiero y te lo pido para mis hijas todas, presentes y futuras hasta la consumación de los siglos: tuyas eran y me las distes; unifícanos en tu Santo Espíritu, para que no seamos sino una cosa en la Beatísima Trinidad.

189.     Y ahora, ya plenamente abandonada a tu adorable voluntad, quiero entrar de lleno en mis santos ejercicios, con un corazón libre de preocupaciones, de sobresaltos, de temores, para que tu Espíritu Santo se posesione de mi ser y derrame sobre mi alma el efluvio de sus siete dones y sus doce frutos, para gloria de la Santísima Trinidad.

190.     Padre celestial, que me miras con miradas paternales, que me amas desde toda la eternidad, ¡quiero renacer en el agua y en el Espíritu! Haz que descienda con sus siete dones el Espíritu de verdad, y que me penetre, me transforme, me unifique, me convierta en ascuas ardientes por tu gloria, por las almas.

191.     Infunde [se dirige a la Santísima Virgen de Guadalupe] en esta tu hija que te ha consagrado su amor y sus actividades todas, las cualidades que necesita para llegar a la meta: alcanza para ella y sus hijas el espíritu de fortaleza y de piedad, el espíritu del temor del Señor, el espíritu de ciencia y entendimien­to, el espíritu de consejo, pero ante todo el espíritu de sabiduría, para que, penetradas nuestras almas de las verdades reveladas, saboreándolas, gustándolas, lleguemos al conocimiento pleno, en cuanto es posible en este mundo, de Dios y de sus atributos, y podamos comunicar estos divinos dones a los demás, mediante tu ciencia y tu gracia.

192.     Da a todas, como diste a tus Apóstoles, en Pentecostés, las luces y gracias y dones de este divino Espíritu, para que todas cumplamos con nuestra santa misión. Somos pobres, miserables, desposeídas de toda virtud, pequeñitas, la más pequeñita e insignificante de todas las comunidades del mundo. Por eso necesitamos que nos tomes en tus manos, Señor, que nos lleves en tus brazos, que nos escondas en tu regazo, que nos inflames en tu amor, que no nos dejes salir de tu adorable Corazón.       

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Eucaristía

193.     Para mí siempre, es el momento de la elevación, aquel momento solemnísimo, en que el Hijo de Dios fue elevado en alto sobre la cruz en el calvario. Y siento vivamente como es el momento oportunísimo, de comprar almas, de comprar gracias, de comprar virtudes, ya que la moneda que ofrezco al Padre, no tiene precio.

194.     Gracias Jesús mío infinitas porque te quedaste con nosotros, en la Eu­caristía como el amigo de Betania, y en la santa Misa como víctima; te adoro y te amo con todas las fuerzas de mi corazón.

195.     La Eucaristía y María, María y la Eucaristía, estos dos amores fundidos en uno, es el centro donde gravita mi alma con todos sus anhelos. Ahí encuentro el pesebre, Nazaret, la vida pública de Jesús, su bendita Pasión con todos sus pasos, encuentro todas las almas, justas y pecadoras, puesto que se las lle­vo a Jesús, para comprárselas a él.

196.     Qué cosa hay capaz de arredrarme, de detenerme, cuando viendo a Jesús Eucaristía veo a Jesús de Nazareth, de Betania, de Samaria, a aquél que decía con toda la ternura de su corazón (divinamente) humano: «mucho se le ha perdonado, porque ha amado mucho» y «si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: dame de beber...» y toda aquella conversación llena de familiaridad que concluye con esta declaración sublime... «Ese soy yo que hablo contigo», «ese Mesías, ese de quien me estas hablando, soy yo». 

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197.     [...] cuando por la fe he comprendido hasta la evidencia mi nada pecadora, y de esa convicción brotan a raudales del corazón las aguas de su confianza, el amor viene a inflamarlo todo, a posesionarse de mi alma, de mi corazón y de mis facultades todas.

198.     [...] si tú quieres que siga viviendo de pura fe, estoy contenta de todo lo que me sucede, te lo ofrezco y acepto estar transida de frío.

199.     ¡Qué delicioso es vivir de fe, alimentarse de esperanza, nutrirse de caridad!

200.     ¡Cuánto sufrí!, pero cuánto, ¡cuánto gocé también! mi fe tomó entonces proporciones colosales, ¡tan inmensa la sentía!

201.     Da a las alas de mi fe y mi esperanza acrecentamiento de vigor, para glorificarte.

202.     Sí dulcísimo Jesús, creo en ti por encima de todas las vicisitudes, a pesar de todas las amarguras, a pesar de que parece que la débil barquilla naufraga, se hunde, se va a pique.

203.     Y el alma que está ejercitada en este espíritu de fe, no se espanta de los acontecimientos por desastrosos que parezcan; acude al Señor, eso sí, en demanda de ayuda, le ofrece lo que tal cosa le hace padecer y espera con confianza su remedio en el tiempo oportuno, durmiéndose, como niño pequeñito, en los brazos de su Providencia. 

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Humildad

204.     La dulzura y mansedumbre, me parecen hermanas de la paciencia; quien posee la paciencia, es dulce, es manso [...] ¡Y se necesitan tanto estas virtudes para vivir en paz!

205.     Si no se alcanza este gusto por la humillación, cuán triste vendrá a ser la vida de la religiosa, cuando las humillaciones le llueven por decirlo así; sobre todo en algunas temporadas, cuando el divino Jardinero le manda estas lluvias fecundantes, ya por sí mismo, ya por medio de sus criaturas; que son estas las que más duelen.

206.     Señor en lo que hasta ahora haya delinquido, quiero repararlo con tu gracia y no cometer jamás falta deliberada. Concédeme tu gracia por mediación de María.

207.     [...] cuando tenga la desgracia de ofender a N. Señor con un pecado venial, me humillaré al punto, procuraré hacer por ello alguna reparación, le pediré humildemente perdón con ilimitada confianza, y haré muchos actos de amor, para indemnizar a mi Jesús de la pena que le causé con mi infidelidad.

208.     Perdona Señor mis infidelidades, que ya no quiero volver a contristarte; y lo que una vez me diste por tu misericordia solamente, dámelo hoy de nuevo, para que se manifieste tu misericordioso amor, al que yo pobre chiquilla me acojo.

209.     Confundirme, anonadarme, llenarme de vergüenza y luego en un ímpetu de amor y gratitud, volar hasta el seno de Dios, ¡Quien tanto ha esperado y amado no sabe rechazar!

210.     Que no cometa sino faltas que no te desagraden, para mantenerme yo siempre humillada.

211.     Mi fruto ha sido amor grande a la humildad, apasionarme por la humillación. Sé que esto no se alcanza sin una humilde oración y sin el continuo ensayo.

212.     Una humillación; dejarla que me penetre hasta los huesos saborearme con ella, convencerme que la merezco y ofrecerla a Dios. Alegrarme por lo que haya desmerecido a los ojos de los demás.

213.     Ahora si por mis infidelidades merecí que Jesús se alejara, merecí no encontrarlo, merecí vivir en tribulación y angustia ¡Bendito seas Se­ñor, gracias por todo! Pero ya ven, quédate conmigo, no me dejes más, en mi corazón vive sujeto de tu amor y mi vida será santa, será un reflejo de tu vida.

214.     Yo nada puedo Señor, una y mil veces he comprobado que soy la fragilidad y la miseria misma. Pero si yo soy la fragilidad, tú eres el poder; si soy la miseria, tú eres la santidad; y ¿qué no puede esperar una vil criaturilla, si con humildad pide al Dios omnipotente y misericordioso que la crió?

215.     Veo Dios mío que hasta aquí nada he hecho, sino ofenderte; ¡perdóname Dios mío! Yo sé que tú perdonas siempre y déjame emprender con tu dulcísima Madre el camino de la santidad.

216.     Oh, en verdad cuánto deleite suele encontrar mi alma después de una caída que me humilla profundamente; cuanto más me siento sumergida en ese baño de humillación, con más deleite respira mi alma en ese ambiente de la propia abyección y más acreedora me siento a la sangre de Jesús, a los cuidados de mi celestial Madre, a las ternuras de mi Padre celestial y a las luces y efusiones del Espíritu Santo.

217.     Qué dulce, qué tranquila, qué efusiva, qué filialmente audaz y qué humil­de es mi oración, cuando mi alma ha pasado por una humillación merecida o in­merecida.

218.     Ah Jesús mío, perdóname las faltas que he cometido contra mis prójimos. En una contrita confesión me acusaré una vez más de todo, y te prometo con tu gracia no hacerlo más.

219.     Estoy sí, grandemente arrepentida de todos mis pecados, porque con ellos he causado mucho pesar a nuestro Señor. Los borraré todos con la sangre de Jesús en el sacramento de la penitencia, y con su gracia y de la mano de María me propongo emprender en los caminos de la santificación, una carrera de gigante.

220.     Que si a mí me fuera dado contemplar la hermosura de un alma en gracia, moriría, porque no podría resistir mi pequeñez tanta grandeza.

221.     Así pues procuraré con frecuencia empequeñecerme cuanto me sea posible, poniendo ante mis ojos comparaciones materiales. Pero intensificaré más aún la práctica de empequeñecerme con relación a Dios, ya que aquí resulta el paralelo inmensamente desigual.

222.     Compararé la infinita sabiduría de Dios, con mi necedad, mi ignorancia, mi incapacidad. Su prudencia con mi imprudencia, su infinita paciencia con mis impaciencias, y así cada uno de sus atributos, de sus perfecciones divinas con la multitud de mis imperfecciones, de mis defectos.

223.     [...] nunca sé ir a Dios sin llevar tras de mi el cortejo de mis miserias, la profunda convicción de lo que soy.

224.     [...] aunque sea por faltas veniales, a mí me gusta considerarme siempre como el hijo pródigo en ese recurso confiado y amoroso a Dios N. Señor, después de haber cometido una falta, cualquiera que ella sea, dejando a mi alma que se sumerja en lo más profundo de su miseria, para gozar en seguida de las caricias de un Padre que perdona y que ama.

225.     No olvidaré nunca que estoy siempre bajo el influjo de la gracia sobrenatural; así con esta consideración no me inquietaré cuando esté en medio de las luchas, cuando nuestro Señor me haga pasar por todas las purificaciones que guste, con una seguridad humilde de que él me sostendrá siempre con su gracia.

226.     Y en los consuelos, en las intimidades con él, en sus caricias, en ese regalo sentido, gustado en su regazo, no me engreiré; ¡oh no! los veo siempre como un regalo de su amor, como un regalo gratuito, sintiéndome entonces, más que nunca, indigna de sus gracias.

227.     Tengo mucho que lamentar, muchas faltas que llorar. Te lo entrego todo, Jesús amoroso, por manos de mi tierna Madre Sta. María de Guadalupe. A ella doy mis pecados para que te los de a ti; mis deseos, mis penas mis alegrías, mi voluntad entera de cooperar a tu gracia para emprender la obra de mi santificación.

228.     Con el corazón partido de dolor por mis infidelidades, me arrojaré en sus brazos, así lloraré y estoy segura de recibir su beso de perdón. ¡Cuántas veces lo he experimentado!

229.     ¡Qué dulce se vive cuando el alma no se inquieta por sus faltas, sino que humildemente las llora en brazos de Jesús! Entonces todo queda perdonado y olvidado; y aun saca el alma mayores bienes para sí, ya que solo Dios puede sacar bienes de los mismos males.

230.     Sí Jesús, sé que te he ofendido mucho, pero también he experimentado cómo perdonas al hijo pródigo, y mi alma ha sentido cosas inefables al contacto de tus besos de paz y perdón.

231.     [...] hasta la evidencia sé que por mí, no soy capaz más que del mal; me es muy fácil y muy dulce humillarme en tu presencia, reconocerme tal como soy, y de esta abyección tomar pie, para ir a ti, pues del abismo insondable de mis miserias salta un puente que va a fijarse en el abismo insondable de tu infinita misericordia [...]

232.     Sí Jesús mío, hazme muy humilde, pues si soy humilde estaré muy lejos de cometer pecado mortal. Líbrame, bendita Madre mía, de esta desgracia, la única que puede llamarse desgracia.

233.     [...] he tenido que sufrir humillaciones, muchos sinsabores, pero todo, gracias a Dios, con grande paz de mi alma, con inmensa alegría de mi corazón.

234.     ¿Qué tengo yo de mí misma para triunfar? ¡polvo y miseria! En cambio, ¿qué tengo de Dios?: el ser, la conservación, la preservación, la gracia, la fe, la vocación, sus dones, el amor: imperfecto sin duda, pero para él sólo.

235.     Sencillez con nuestros superiores, sencillez con nuestras hermanas, con todos nuestros prójimos, a ejemplo del divino Maestro que servía a todos y a todos atendía con la tierna solicitud del padre de familia.

236.     Soy tu víctima, tu pequeña miserable víctima. Haz de mí lo que quieras, pues nadie me quitará que aun del estiércol levantarás tu Obra y que ella te glorificará, te consolará, te dará muchas almas.

237.     Me duele no darle gloria en cada momento; no aprovechar todos ellos en su servicio, no ser generosa, buscarme a mí misma, pensar en las criaturas... ¿Qué pueden darnos ellas de sustancial? La única realidad es Jesús. Hace tiempo llevo grabada en mi alma esta palabra: ¡La única realidad eres tú, Jesús! 

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Infierno

238.     Oh Dios mío de infinita misericordia, no permitas que vaya a lugar tan espantoso, no permitas que vayan ninguno de los que amo, ninguno de los que me están unidos con los vínculos espirituales.

239.     ¡Oh Dios mío! Si fuese al infierno no te amaría jamás, te odiaría por toda una eternidad. No permitas que vaya allá, para que siempre te ame, para que cante eternamente tus misericordias hacia mí. No permitas que vaya a ese lugar de blasfemias ninguno de los que mi corazón ama. ¡Sálvalos a todos!

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Instrumento

240.     A N. Señor no le importa el instrumento; él suele escoger lo más inepto para llevar a cabo sus grandes obras, para que nadie se atribuya a si propio el éxito.

241.     Con razón me llamaste a mí, ¡dulcísimo Jesús! Con razón, no encontrando una criatura más ruin y miserable, me escogiste para tu Obra. Dame tu mismo Espíritu para guiarlas, para conducirlas hasta tu divino Corazón, y que en él hagan su morada.

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María

242.     Madre, yo sé que tú siempre me oyes. ¿No te acuerdas Madre que tú siempre me has escuchado?

243.     Oh Dios mío yo lo creo firmemente. Inmaculada tenía que ser la Madre de un Dios inmaculado.

244.     Y no puede mi mano escribir María y mi corazón pronunciarlo, sin que se sienta invadido de las más dulces ternuras, de la más tierna gratitud a esta Reina celestial.

245.     ¡Oh Madre si los mortales supieran lo que has hecho con tu chiquilla!

246.     Madre, si todos sintieran la inmensa confianza que mi corazón siente por ti, que eres la medianera universal, ¿qué no harías por ellos?

247.     Concédeme la gracia Jesús de hacer amar a tu Madre inmensamente; llena a tus sacerdotes y misioneros de este amor a María para que así con unción, con íntimo sabor de esta Madre, sepan predicarla y hacerla amar de todos los corazones.

248.     Jesús mío, tú bien sabes cuánto le debo a tu Madre, por eso desde mi conversión, (que fue por su mediación) el fin principal de todas mis acciones, oraciones y sufrimientos ha sido este: hacer amar a María con el tierno amor del hijo pequeñito, viviendo en intimidad con ella.

249.     ¡Ah! Pero el ideal que está sobre todos mis ideales es el amor de María. Hacer amar a esta Madre de la gracia, de todos los corazones.

250.     María, es Jesús en el momento de su concepción, es Jesús niño, es Jesús adolescente; María es Jesús en su vida pública, es Jesús en la coronación de espinas, es Jesús en la flagelación, en el camino del calvario, es Jesús en la cruz.

251.     Madre mía en tu corazón me encierro toda.

252.     Yo, mi alma, completamente desnuda, la remito en brazos de María, a la misericordia infinita.

253.     Es también a mi Madre dulcísima, a quien entrego, en mi calidad de escla­va, todas mis oraciones y obras buenas, presentándole a la vez todas las intenciones de Jesús.

254.     Jesús y María, María y Jesús, imposible de separarlos en mi alma.

255.     ¡Oh! el sacerdote, más que ningún otro cristiano necesita de esta tierna Madre, porque como ella, tiene que tener corazón materno para que no lo oprima y lo ago­bie el conocimiento de tanta miseria como él palpa, para que sepa llevar las almas a Jesús.

256.     Y Quiero Jesús mío, tú lo sabes, hacer amar a María, como yo quiero, del mundo  entero.

257.     ¡Gracias Madre mía! ¡Cuántas, incontables, son las gracias que te debo, Madre mía! sin ti, ¿qué sería de mí?

258.     Y ahora Madre, una gracia más: que te ame como he deseado toda mi vida, que en ese continuo pensar de mi corazón en ti, en ese continuo ofrecerte mis obras, en este mi deseo inmenso que tú conoces, de hacerte amar y conocer de todas las criaturas, tenga el primer lugar, la imitación de tus virtudes, para que, siendo muy parecida a ti, merezca de veras llamarme tu hija.

259.     Todo por Jesús, con María. Todo para Jesús, en María. Todo con Jesús, de María.

260.     [...] todo este trabajo espiritual lo haré en unión de mi Madre del cielo; ella seguirá siendo mi guía, mi consejera, mi amiga y mi Madre.

261.     Cuán agradecida me siento a mi Madre celestial por este su fiat; desde este momento empieza a ser mi Madre amorosísima; y ¡qué de misterios, de ternura se encierran en esta sola palabra: ¡MADRE!

262.     Sin María no hubiera habido Jesús; luego sin María no llegaremos a él; necesitamos pasar por este puente para llegar al término de nuestro viaje.

263.     ¡Qué grande eres Madre! ¡Cómo me siento feliz y dichosa de que Dios te haya escogido para que lo revistieras de nuestra pobre humanidad! Y, escogiéndote por Madre suya, te hace también mi Madre, con lo que llega al colmo de mi dicha.

264.     Gracias Madre por tu fiat, gracias en mi nombre y en el de todas las criaturas, hasta las irracionales, de las inanimadas, porque tú eres Reina de todas; por ti las crió el Altísimo, por ti hizo tan hermosa la naturaleza; por ti vistió las praderas y pobló los espacios y los mares; por ti, por tu fiat, hizo todo lo que existe.

265.     ¡Y qué orgullosa me siento al verme tu hija!, más bien dicho, por ser tú mi Madre; de mi correspondencia, como hija, no estoy satisfecha, porque no he sabido hacer hacia ti las veces de hija, ¡después de tantas muestras de ternura que he recibido de ti! Pero te amo, tú sabes que te amo, y que mi corazón es todo tuyo.

266.     Confiar inmensamente en María. Abandonarlo todo a su amor.

267.     Tú, Madre mía, has sido la criatura que mejor y más rendidamente has sabido cumplir la divina voluntad en todo.

268.     Oh María, grande es la Obra para mis débiles hombros: inmensa la responsabilidad, casi infinita mi nulidad, innumerables mis pecados; pero tú eres la Estrella luminosa de la Obra: tú sabes que en ella no ha habido más que móviles sobrenaturales, anhelos de almas, deseos inmensos de que la gloria de Dios sea conocida.

269.     Hoy, renovando mis donaciones anteriores, pongo en tus manos pastora y rebaño: mira que hay en él almas muy hermosas que viven sólo de Dios y por las almas: hay otras que, aún no valorizan como deben la gracia insigne de su vocación: sé de éstas aún más madre que de aquéllas, porque te necesitan más: tú sabes que, a pesar de todo, todas tienen buena voluntad: en tus manos las dejo, en tu Corazón purísimo las guardo: presérvalas del mal, ayúdalas, santifícalas, anímalas a realizar su ideal.

270.     [...] ayúdame, Madre mía: entrégame a la Beatísima Trinidad como holocausto de agradable olor: saca tú de mi corazón todo lo que en él se encierra, que, muy difícil es traducirlo en palabras.

271.     Obra tú en mí, ama en mí, piensa en mí, infunde en mi alma los mismos sentimientos tuyos, para que, al encontrarme con el Amado de mi alma me funda toda en él, para que, desapareciendo Inés, no quede sino Jesús, para gloria de Dios trino y uno.

272.     ¿Qué haríamos sin ti Madre mía? ¿qué sería de nuestra miserable existencia, sino tuviéramos una Madre tan tierna como tú a quien amar?

273.     [...] al sobrenaturalizar mis actos, debo pensar también en ti, entregar a ti mis obras todas para que tú las purifiques, las santifiques con tu contacto virginal, y luego las presentes a tu divino Hijo y al Padre celestial.

274.     La Obra es por ella y en ella para Dios. Y, con la seguridad plena que tengo de que, llevándola a ella a todas las naciones, éstas se rendirán al Dios verdadero, de aquí el que ella, en su advocación de Guadalupe sea la titular y patrona de todas nuestras casas y capillas en el mundo entero.

275.     Virgen santísima de Guadalupe, Madre amorosísima del Instituto de Clarisas Misioneras Sacramentarias, guarda siempre entre tus manecitas que se unen para orar, a todas y cada una de estas tus hijas, para que, escondidas así cabe tu virginal corazón, podamos pasar por el mundo haciendo el bien, llevando a todas partes las ternuras de tu corazón de Madre, y atrayendo a todos a tu regazo, para que tú los entregues purificados a tu divino Hijo.

276.     Virgen bendita del Tepeyac, mi adorada Madrecita, mi Reina y mi Señora, todo por tu amor y el conocimiento de tu nombre y de tu amor. Santa María de Guadalu­pe, sálvanos!

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Martirio

277.     ¡El martirio! me cautiva; mucho se lo he pedido, con verdadera fe, con cierta esperanza, con gran seguridad de que algún día me lo concederá.    

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Misión

278.     [...] esta misericordia es propiedad mía, es mi heren­cia, y quiero que sea también de mis hermanitos los pecadores.

279.     [...] trabaja­ré, como mi intención primera y particularísima, pasándolo todo por manos de María, y uniéndolo a los méritos de nuestro Señor, por la santificación del sacerdocio, y como semilla sacerdotal en crecimiento, por los seminaristas, y como semilla sacerdotal en germen, por alcanzar de Dios, vocaciones sacerdotales y religiosas.

280.     Y que yo coopere, por tu misericordia, a la extensión de tu Reino. Tu Jesús mío, que te gozas en consentir, que tus hijos se sientan necesarios a tu Corazón, para la difusión del Evangelio, sacia los deseos de mi alma, colma los anhelos de mi corazón, que todos ellos no tienden sino a hacerte amar de todas las naciones. Y esto te lo pido por amor a mi dulce Madre Sta. María de Guadalupe.

281.     Que tus hijas las Clarisas Misioneras te vivamos así, que te sintamos así muy adentro de nosotras mismas, y que esto mismo sepamos comunicar a las almas que evangelicemos.

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Misericordia

282.     Sí, Dios mío te conozco. Conozco, siento en el fondo de mi ser, tu ­inmensa misericordia. Ese tu atributo por excelencia que me cautiva.

283.     En esa misericordia Dios mío, me criaste, en esa misericordia me diste padres cristianos y todo lo necesario en esta vida; en ella me redimiste ­dándome a tu Hijo, para que vertiera toda su sangre por rescatarme a mí, miserable esclava; en ella Dios mío, me diste a tu Madre y mi tierna Madre; en ella me das tus gracias; en ella me das tus Sacramentos, en ella me ­prometes tu *cielo, y gozarte sin fin, para siempre jamás. Dios mío, Dios mío.

284.     Yo creo, yo pido, yo espero con inmensa confianza en tu misericor­dia.

285.     [...] me conmueve mucho más tu misericordia, el amor particular que tú me tienes, que todos tus castigos y todos tus premios.

286.     Me arrojo en la ho­guera de tu misericordia y como niña pequeñita, quiero siempre confiar en ti.

287.     [...] no obstante estas fuerzas que venían a mi alma, por el deseo de salvar la niñez, confieso que cometía muchas faltas, que nunca lloraré bastante, pero que me daban ocasión, así como mis combates, a gozar a cada momento de las efusiones del amor misericordioso, y del dulce abrazo dado al hijo pródigo.

288.     Me parece a mí, como si la justicia se hubiese dejado crucificar con Jesús, para no dejar lugar, sino a su misericordia.

289.     Cuando tu misericordia penetró en mi alma, cuando por vez primera me sentí enamorada de ti, con ese amor que no encuentra barreras, con ese amor apasionado que sólo piensa en el Amado, en agradarlo, en comprarle almas; la fuerza del amor, por ser tan intensa, constituía para mí un gran martirio, un muy dulce martirio.

290.     ¡Oh Dios mío! ¡Cuánto te he ofendido! Pero yo con todos mis pecados me pierdo, me sumerjo, en el océano insondable de tus misericordias infinitas.

291.     La misericordia divina me penetra por todas partes, me envuelve, me llena de suavidad deliciosa, y en ella hago mis peticiones todas; en el regazo de Jesús Eucaristía, que es para mí el Jesús dulcísimo del Evangelio, negocio por las almas, por las almas sacerdotales, infantiles y pecadoras.

292.     Y muchas veces se derrite mi alma en esta comprensión de su misericordia, porque la siento, la veo, la palpo ¡tan grande, tan inmensa! que mi alma casi no puede resistir. Y tampoco explicar. Estas cosas no se pueden decir, sólo se pueden experimentar.

293.     Los pecados son lugares de cita con la misericordia infinita; ahí se reúne la miseria con la misericordia; ahí se unen los dos extremos, ahí se dan el beso de paz...

294.     No haré nunca caso demasiado de las angustias interiores; aunque me martiricen, porque nuestro Señor así lo permita; lo abandonaré todo a su amor misericordioso, me dormiré pequeñita en su regazo de Padre, y lo esperaré todo de su bondad.

295.     Que sabrosa y dulce me sabe la nada, miseria, polvo, ceniza. EL NO ser; y gloriarme en el que es, en la fuente de toda sabiduría, de toda santidad, de toda pureza, en ese mar sin fondo de misericordia, de amor, de bondad, de ternura.

296.     Invade mi alma una alegría divina, porque cantaré eternamente las misericordias de Dios: sí Señor, tus misericordias llenan mi vida entera: tus misericordias llenan mi alma de gratitud, tus misericordias hacen que estalle en un himno de amor y agradecimien­to, a quien siendo infinito en todas sus perfecciones, no se desdeña de abajarse a la más miserable de las criaturas.

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Nazareth

297.     Qué virtudes tan heroicas, aunque al parecer ordinarias, brillaron en aquél pobre y tranquilo hogar, donde nadie podía imaginar, no podía darse cuenta, de que ahí vivía el mismo cielo, esto es: Dios y lo más grande que el cielo encierra, la criatura más original, más grande, más hermosa que ha creado el poder de Dios: María; y luego el varón más casto y justo que ha habido ni habrá, puesto que fue hallado digno de ser el custodio del ­Hijo de Dios y de su Madre.

298.     Se desarrollaron a porfía, en ese jardín delicioso, todas las virtudes: la pobreza, la humildad, el trabajo, la obediencia, la paciencia. ­La oración era continua, la alegría irradiaba en todos los semblantes y más aún en los corazones.

299.     Teniendo los ojos siempre fijos en este bendito Nazareth, ¿quien no vivirá alegremente? ¿a quién se le podrá hacer nada pesado, si considera ­al dulcísimo Jesús, que vino a conquistar el mundo, y sabiendo que sólo 33 años había de vivir, se pasa treinta en una vida obscura, oculta y laboriosa, en una vida de hijo de familia?

300.     Este apostolado que tu ejerciste en Nazareth es el que yo quiero imi­tar es el que me cautiva de veras; unidas mis triviales acciones, aun las más ordinarias, a tus méritos infinitos, adquieren un valor infinito. Es­ta es una verdad que tengo muy imprimida en mi alma, desde el principio de mi conversión.

301.     Nazareth es pues, un conjunto de gracias acumuladas. Es la cuna de la Redención.

302.     Así como Jesús y María hablaban, trabajaban, oraban, comían, desempe­ñaban sus quehaceres domésticos en su casita de Nazareth, debo hacerlo yo, procurando ser cada día más semejante a ellos: mi modelo, como religiosa de vida contemplativa, es esta casita de Nazareth.

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Obediencia

303.     [...] yo sé Dios mío, que al obedecer, al respetar, al ­amar esta superioridad, a ti es a quien obedezco, a quien respeto y a quien amo. Mucho tiempo lo hice así, ya me iba desviando un poco; ayúdame Señor para que esta fe no se empañe, camine siempre rectamente y te sea agradable.

304.     Mi resolución [...] ha sido: una perfecta, alegre y ciega ­obediencia a los que tienen derecho a mandarme y hacia mis iguales. No ­diré hacia mis inferiores, porque yo me debo considerar la inferior de todas, aun de postulantes y novicias. Dios mío, es sincera mi resolución, vigorízala con tu gracia, dame constancia para no desmayar nunca y hacer de mi pobrecita alma un jardín donde encuentres tus delicias.

305.     Madre mía, tú que recibiste la obediencia pronta, alegre y afectuosa de tu Hijo, alcánzame Madre, que llegue a ser en ella muy semejante a es­te mi divino modelo y espejo.

306.     Si Jesús de Nazareth obedecía, con rendimiento, sujetándose a la jerarquía establecida por Dios, ¡con cuánta mayor razón debo yo obede­cer, yo que soy polvo y ceniza!

307.     Dios mío, haznos siempre pacientes con las almas defectuosas: enséñanos a sacrificar­nos por ellas, a tolerarlas, como quisiéramos ser nosotras toleradas en análogas circunstan­cias. Danos la ciencia maravillosa de las almas. Danos el don de almas.

308.     Te lo pido, Padre celestial, Verbo encarnado, Espíritu Santo, para todas las personas que dirigen almas, para esta que escribe y para todas aquellas que en nuestro Instituto de Clarisas Misioneras tendrán cargo de almas: y aun para aquellas que sólo tuvieran que tratar con una sola hermana, para que fraternalmente unidas en caridad, se estreche este vínculo más y más, y podamos así ser en realidad útiles a la santa Iglesia y a sus misiones y a las almas en general.

309.     Dios mío, enséñanos a ser obedientes a tus voluntades, a tus disposiciones, a los que nos has puesto para que nos dirijan, nos guíen, nos ayuden. No permitas que nuestro propio juicio se sobreponga a esta tu voluntad, pues no seríamos felices, ni cumpliríamos en la tierra el fin para el que fuimos criados, ya que, desobedeciendo nos revelaríamos abiertamente a tu amor.

310.     Debemos obedecer por la gloria de Dios, por darle gusto, por la salvación de las almas, ya que en un acto de obediencia puede ir vinculada la salvación de muchas almas, si lo hacemos con grande fe, con mucho espíritu sobrenatural.

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Oración

311.     Si tú te quedas Señor, si mi oración en el santuario interior en que tú habitas, es continua, florecerán en este debastado jardín las más deliciosas flores; tú serás su aroma, tus sacramentos las fertilizarán y Ma­ría tu madre las cultivará. Entonces Señor nos pasearemos los dos en este jardín cerrado, en que no podrá penetrar criatura alguna, y nos recreare­mos los dos con la fragancia de estas flores, que será la práctica de to­das las virtudes, coronándolas a todas ellas la caridad de Dios y del prójimo.

312.     ¿No es verdad alma mía, que en las íntimas comunicaciones con el dulce prisionero, cuando él te habla al corazón, que sientes crecer en ti la caridad, que te sientes arrobada, que no te cansas de escucharle? Y como los felices discípulos le dices: quédate conmigo Señor que se hace tarde.

313.     La oración afectiva, en una de sus fases, es, me parece, esta oración de actos repetidos de virtudes, en los que tienen un lugar muy principal, las virtudes teologales, pero en la paz y la quietud, sin palabras articuladas, como en una sola mirada del alma, que abarca a la vez todos estos sentimientos traducidos en una sola manifestación: Amor.

314.     Es verdad que yo nunca he seguido ningún método para hacer mi oración. Mi oración es siempre: presencia de Dios, consideración de sus atributos y perfecciones, de su sacratísima humanidad, en ese conjunto de detalles que nos narran los santos Evangelios, y luego, producidos por estas consideraciones sentidas, con intensidad de sentimiento, esos actos de las virtudes de: fe, esperanza, amor, agradecimiento, humildad, que manan del corazón al sentirse objeto de tanto amor, siendo tan vil y miserable.

315.     Y como en todos los actos de N. Señor, sobre todo desde su Encarnación, predomina la misericordia, yo puedo decir, que no tengo facultad para hacer ninguna oración, que no se base en la confianza.

316.     [...] haré de la oración mi más regalado alimento, sacando de ella las medidas que debo tomar para corregirme de mis defectos, perfeccionarme y santificarme; saboreando los misterios de Dios, deleitándome en sus atributos y gozándome inmensamente de ser su criatura.

317.     Llegar a tu presencia, reconocerte vivo, sentirme junto a ti y volar a tus brazos es todo uno.

318.     Aun ahorita que escribo, que te siento, ¿no eres tú el que me atraes al beso de tu boca? Por eso casi siempre, mi trabajo de máquina es oración, y oración suave, amorosa, amante. ¿No eres tú quien me has hecho así? ¿Puedo acaso por mí misma, ser de otro modo? Hazme como tú quieras: en tus manos anhelo ser como un pedacito de cera blanda.

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Padre

319.     Padre santo, yo te pido en nombre de Jesús tu Smo. Hijo, la insigne gracia de no cometer jamás culpa deliberada; en pago te doy su sangre divina y el corazón de su purísima Madre.  Tengo ciega confianza Señor de que me escucharás.

320.     Eterno Padre, que no niegas nada a la oración en nombre de tu Hijo, que yo cami­ne recta en el campo de Jesucristo. Y ten piedad de mí Señor, que soy una miserable pecadora.

321.     No te olvides alma mía de descansar en brazos de tu Padre celestial en todos los contratiempos, por desastrosos que te parezcan.

322.     Y ofreciendo al eterno Padre el sacrificio cruento de su Hijo, le recordaré esta palabra suya: «Cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá» Sí, en virtud de esta promesa, me concederá mi divino Padre todo lo que le pida, especialmente las gracias que son de orden puramente espiritual; y si las que yo le pidiese, no fueren conducentes a mi bien espiritual, me dará las que él juzgue serán para mi bien.

323.     Dios es caridad, es compasión, es dulzura, es bondad, es... PADRE.

324.     Mi alma ha sentido, creído desfallecer, en esas comunicaciones dulcísimas pasadas entre el Padre y la hija, en esos coloquios continuos a tus pies, en tus brazos, en tu mismo Corazón. ¡Son cosas que no se pueden referir con palabras! ¡Eso sólo se puede experimentar!

325.     Padre, ahí donde yo esté, quiero que estén también las que me diste: quiero que seamos consumadas en la verdad, consumidas en tu amor, y que todas las almas que evangelicemos se divinicen, se transformen, lleguen a la plenitud de la santidad. Tú todo lo sabes, tú todo lo puedes y me amas.

326.     ¡Llévanos Jesús, al Padre. Que tu Evangelio meditado, comprendido, amado, practicado por ti y en ti, nos lleve al Padre celestial, a cantar el eterno magníficat de gloria y alabanza a la Beatísima Trinidad!

327.     Gracias Padre santo, Padre bueno por tus infinitas bondades. A ti ofrezco el Corazón y las virtudes de tu Hijo adorable, en reparación de todos mis pecados y de las ofensas que te infieren especialmente las almas consagradas. Perdón para todas Señor.

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Pobreza

328.     Y más que con las cosas materiales, te debo encontrar celestial dama en la pobreza de espíritu, en la pobreza de corazón, ahí donde el alma no ambiciona más que a Jesucristo y éste crucificado. En la pobreza de espíritu que no se duele se apropien una inspiración suya, una luz personal, su ingenio, etc. pues sabe que todo le viene de Dios.

329.     Yo si quiero Niño mío. Quiero que la pobreza sea mi dueña, quiero de­jarme cautivar por ella, para cautivarte a tí. Oh sí, dame la pobreza de espíritu, de corazón y de cuerpo.

330.     Sí, esta santa indiferencia, no es otra cosa que la pobreza practicada en el espíritu, en el alma, en el cuerpo, en todo el ser.

331.     Todo lo que puede tener de despreciable y repulsivo en si la pobreza, desaparece en vista de este Niñito adorable, quien siendo Dios elige para sí una manera tan desusada para nacer, con un séquito de privaciones y pobrezas, que después de él, ninguno ha venido al mundo como él.

332.     Sí Dios mío, en esta dulce dependencia quiero vivir yo, con todas las casas que tú nos concedas con el tiempo: quiero que nunca nos sobre, sino que tú nos sostengas siempre con tu mano poderosa.

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Santidad

333.     Yo así lo quiero hacer Dios mío; dame tu gracia para perseverar siempre en mis santas resoluciones.

334.     [...] sólo el primer paso cuesta; y después, Jesús que no se deja vencer en generosidad, llena el alma de fuerza y dulzura.

335.     Una sonrisa cuando se quisiera manifestar fastidio; sonreír siempre; y aun cuando esa misma sonrisa lo haga sangrar más. Ya no me cuesta mucho esto, porque desde el principio de mi vida espiritual, he trabajado varonilmente por lograr esta igualdad de carácter, que me subyuga, pero aún no lo he logrado por completo. Con tu ayuda Madre mía seguiré trabajando, hasta que mi exterior sea siempre el mismo: amabilidad y dulzura.

336.     Que se acaben las mediocridades, que viva vida santa, muy agradable a ti; da a mi corazón alas de paloma para volar a ti en todo momento, y ojos de águila para tenerlos siempre fijos en ti, y no me separe un punto de mi divino Sol y único fin.

337.     Fuera de mi todo pecado, toda imperfección voluntaria, todo lo que pueda desagradarte, por mínimo que sea.

338.     Oh Jesús todo misericordia, vuelve a mí esa gracia inmensa, ese amor que nada teme y mi vida se consumará en tu holocausto.

339.     Terrible mal es el pecado venial deliberado, preferible sería perder ­la vida a cometer uno solo. Apártame Señor de ellos y que no tenga ya más la desgracia de contristarte con uno solo.

340.     Señor, ¿te acuerdas?, cuando tu me llamaste por vez primera, atraído por mi inmensa miseria, robaste mi corazón, me di toda a ti de verdad, tu lo sabes.

341.     Confío en ti, hazme santa, sólo por ti lo quiero ser; porque tú lo quieres y aun me lo mandas, cuando dices: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».

342.     Que este nuevo impulso, estas nuevas ansias que siente mi alma por volar a ti en alas de la oración y de todas las virtudes, no vaya a debilitarse algún día. Que mis alas Señor, no descansen de volar, con raudo vuelo, hasta que, para siempre me aprisiones contra tu corazón sacrosanto.

343.     Quiero ser santa, pronto santa, a todo trance santa. Llena Jesús mío todas las aspiraciones de mi corazón y ayuda mi flaqueza, sostenme en el vuelo que quiero emprender, no me dejes, que en ti confío.

344.     La mediocridad en la virtud no puede satisfacer mi alma, tú la hi­ciste Señor para algo más grande: para asemejarse a ti, ya que tú me inspiras estos deseos grandes y generosos, dame tu gracia Señor, ayúdame en todo momento, para que amándote, sobre todo con obras, llegue a ser tu consuelo y tus delicias.

345.     ¿Y mis ideales? se los llevo a Jesús, son sus propios intereses, y con él me lamento y gimo de no ser santa, para poderle salvar muchas, todas las almas.

346.     El espíritu está pronto, pero la carne es flaca Señor. Cada día fortifícame con tu gracia, te lo pido por los brazos de María que te mecieron, por los besos que te dio, por lo mucho que sufrió por tí, y por lo mucho que tú padeciste por mí.

347.     [...] Jesús mío, de corazón acepto el verme privada de tus gracias sensibles; reconozco que no las merezco. Pero no me niegues, por tu sangre pre­ciosa, y por tu Madre purísima, la fortaleza en mis propósitos, la gracia eficaz, esto es: la gracia de las gracias de la cooperación generosa.

348.     Pero Jesús mío, déjame que te diga. Ni el terrible infierno con sus es­pantosos sufrimientos, ni las delicias inenarrables del Paraíso, ni la coro­na de gloria que me espera, si soy fiel es lo que me mueve, lo que me impul­sa a ser santa, a trabajar en mi santificación, a corregirme, a practicar obras de penitencia interiores y exteriores.

349.     Esta es la inspiración que ha tenido mi alma; santificarme para santificar al sacerdocio, ofrecer por él, mis sacrificios cotidianos, mis oraciones todas, mis vencimientos, darle al amor infinito para esta obra suya tan amada, todo lo que me pida, empezando por una perfecta observancia de mi Regla y Constituciones [...]

350.     Cierto que tengo voluntad de santificarme, pero mi voluntad es débil, remisa, inconstante; debo pues confiarme a la bondad de Dios, para que él la vigorice, haga fecundas mis obras, y me de esa gracia eficaz, con la que cooperamos a su obra divina, con la que el alma coopera a la acción del Espíritu Santo en sí misma, y en muchas otras almas.

351.     ¡Pero cuánto se simplifica la vida espiritual, cuánto más se va ahondando en ella! ¡cuánto más profundo va siendo el conocimiento de Dios y de sí mismo! Entonces se puede reducir a estas solas dos palabras: Ven, que es el llamado de Dios; y: Voy que es la respuesta del alma.

352.     He aquí la verdadera santidad, la unión íntima con Dios: nuestra conformidad rendida, a la voluntad de Dios.

353.     [...] los trabajos y sufrimientos de nuestra vida, cambiados en monedas para comprar almas para Jesús [...] Esta sola consideración, vivida y practicada intensamente, ha sido capaz en mí, con la gracia de Dios, para ayudarme a vencer los más grandes obstáculos que he encontrado en mi camino espiritual.

354.     Todas las cosas de que me sirvo pueden ser un medio para ir a Dios, o un obstáculo. Esto depende de la disposición con que mi alma las reciba.

355.     Todas las circunstancias, los sucesos prósperos o adversos, las vicisitudes me pueden llevar a Dios, acercarme más a él, enamorarme más de él. Mas si en estas cosas encontrase algo que no fuese adecuado para llegar a mi fin, debo desecharlo, apartarlo de mí.

356.     Concédeme la gracia de que no te ofenda con la menor falta voluntaria; que sea por mis obras y mi amor, y mi continuo pensar en tí, un consuelo para tu Corazón tan ofendido y despreciado de los hombres.

357.     [...] estoy dispuesta a seguir a mi dulcísimo Rey en su camino, que para mí es este que me ha trazado, este que me ha marcado en todos sus detalles, por medio de mi Regla y Constituciones, el cual conduce indefectiblemente a la más elevada santidad, si soy fiel a él.

358.     Si Jesús iba creciendo en sabiduría, edad y gracia, delante de Dios y de los hombres, como nos dice el Sto. Evangelio, ¡cómo debería yo crecer, progresar de virtud en virtud, para parecerme a mi divino Modelo!

359.     Si Jesús en Nazareth, vivía íntimamente unido a su Padre celestial, no sólo como Dios, sino también como hombre, ¡cómo debo trabajar porque mi unión con él sea tan estrecha, que no pueda pensar, desear, querer, obrar sino en él y por él!; que no tenga otras miras en mis intenciones que el acrecentamiento de su gloria y la salvación de las almas, pero en la amorosa intimidad de María.

360.     Que el don de mí misma no conozca límites, dentro de lo posible. Y esto por amor a Dios, en unión con mi Madre, y para comprar almas.

361.     Nuestra vida toda tiene que estar encaminada a la resurrección, y no sólo a la resurrección definitiva de nuestros cuerpos, cuando estos se unan a nuestras almas para participar eternamente de su suerte; sino también con esa resurrección espiritual del alma que ha sufrido, que se ha sacrificado, que ha llorado, pero que detrás de todo esto, espera llena de fe y de amor, de humildad y de paz, el momento del Señor, en que vendrá a ella con sus consuelos inefables, a producir en su alma con su unción, la paz, la alegría que él sólo puede dar, y esto aunque perdure, muchas veces, la pena.

362.     Cuando se va tras de un ideal, de un hermoso ideal, no se fija uno en nada, se pasa por todo; adelante, siempre adelante.

363.     Que nuestros pensamientos estén siempre entretenidos en cosas buenas; mi alma se nutrirá siempre de los misterios de Dios, de la unión con él y con María, alimentándose su celo por la salvación de las almas, con continuas peticiones por los intereses de Jesús y con vencimientos que se cambien en monedas para comprar almas.

364.     ¡Quién me diera que yo me fundiera toda en ti, que me perdiera en ti, que ya no viviera yo, sino solamente tú en mí.

365.     Seré santa, esa es mi vocación. Para eso vine a la religión, y como la santidad está al alcance de todos, con solo cumplir la voluntad de Dios, haré de este ejercicio mi más dulce y constante ocupación, no dejando pasar ningún momento sin ejercitarme en esto, hasta que llegue de verdad, y ayudada de la divina gracia, a ser una verdadera santa.

366.     Quítame Jesús mío mi propia voluntad, pues con ella no hago más que ofenderte; te la doy para siempre; dame esa tu gracia eficaz para que en nada pueda desagradarte.

367.     Una clarisa vive unida íntimamente a su Esposo celestial. ¡De esta unión íntima hay tanto que decir! En ella está la paz, la tranquilidad, el sabor, la dulzura, el comercio por la salvación de las almas. En la unión con Dios están todos los bienes y en la separación de él todos los males.

368.     Mi alma necesita la luz verdadera de mi santificación. Eso primero, para que pueda realmente ser útil a mis hermanas, a todas las almas que se acerquen a mí.

369.     [...] el alma para resucitar con Cristo, es necesario, evidente: que tiene que poner en práctica las piadosas resoluciones que ha formado, con perseverancia, hasta la muerte, para que después de esta resurrección, venga la resurrección del cuerpo, cuando ya la muerte hubiere hecho en él su presa, y aun quizá lo hubiere reducido a cenizas, vaya glorioso a unirse a su alma, para alabar a Dios eternamente.

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Voluntad de Dios

370.     La sumisión amorosa a la voluntad de su Padre que tan divinamente practicó Jesús, quiero tenerla yo, para que mi Padre celestial encuentre en mí sus complacencias y puedan tener en mi alma aplicación estas palabras: «El que hace la voluntad del Padre celestial ese es mi madre y mis hermanos».

371.     La divina voluntad está en todas las contrariedades, olvidos, privaciones, en fin en todo cuanto cuesta al corazón y a la naturaleza. Son estas las moneditas que él me da para comprarle almas. ¡Señor que sepa aprovecharlas!

372.     Está ésta divina voluntad en el cumplimiento de mis Reglas y Constituciones, en la obediencia a mis superiores y en la observancia de mis votos.

373.     ¡Oh Dios mío! Haz, te ruego por tu sangre santísima, que el deber me mantenga siempre en tu ley santa; que no te ofenda jamás. Que la fiel observancia de mis votos (que dentro de unos meses por tu misericordia, si tu me das vida, tendré la dicha de hacerlos perpetuos) y de mi Regla, sea la brújula que lleve mi barca al puerto. 

374.     Heme aquí Dios mío para hacer tu Sta. voluntad. Habla Señor que tu siervita escucha.

375.     Así pues, mi resolución práctica [...] será; vencerme siempre, vencerme en todo; y unir mi voluntad incondicionalmente a la de Dios.

376.     [...] que de mi corazón irradie amor, traducido en la observancia fidelísima de mis Reglas y Constituciones, en mi adhesión plena a todas tus divinas voluntades, extensiva hasta a los más pequeñitos detalles de mi vida religiosa.

377.     La religiosa fervorosa no quiere, sino lo que Dios quiere.

378.     Por esa elevación del alma a Dios mi vida será un himno en mi adhesión a su voluntad adorable en todo lo que él disponga de mí, sea penoso o agradable.

379.     Quiero que toda mi vida cante, que mi corazón exulte en las penas y en las alegrías, en los sinsabores, en las inquietudes, en la paz y en la guerra. Quiero decir un fiat profundo en todo lo que Dios permita.

380.     Tú ves que mi resolución es sincera, real; que quiero de verdad empezar desde hoy a santificarme, valiéndome de todos los medios que tu pones a mi alcance, ejecutando a cada momento tus mandatos divinos, manifestados ya por tus inspiraciones, ya por la santa Regla y Constituciones, ya por los mandatos de mis superiores.

381.     En cumplir la voluntad de Dios y mis deberes de estado, encontraré la más exquisita santidad. A ella quiero llegar como han llegado tantos santos, ayudados de la gracia.

382.     Concédeme Virgen santa que, por la atención constante a cumplir en todo momento la santa voluntad de Dios, y a vivir abandonada en absoluto al divino beneplácito, en una continua oración interior con el Huésped de mi corazón, llegue en la tierra a esa no interrumpida presencia de Dios que será en el cielo mi única ocupación.

383.     ¡Que se haga en mí la santísima voluntad de mi Dios! Yo no quiero otra cosa que agradarlo [...]

384.     Lo único que quiero, lo único que amo es su santísima voluntad, cualquiera que ella sea. Fuera de esta voluntad santísima todo es pérdida de tiempo, y quizá del alma también.

385.     [...] sólo puedo decir que he sido inmensamente feliz, porque a pesar de mis miserias, mi buen Dios me ha concedido la gracia de ver siempre y en todo su adorable voluntad.

386.     [...] la voluntad santísima de Dios y la Estrella de los mares, la dulce María, me sostienen y me alientan, y alegran mi existencia, y me dejan en la paz, y me dan fuerza y calor y vida [...]

387.     No rehuso la carga, Señor, sólo te pido luz, acierto, prudencia, virtud, caridad, maternidad. «Fiat voluntas tua».

388.     Haz de mí lo que tú quieras.

389.     Señor, tú sabes que te amo, y esto me basta. Tú sabes que sólo busco tu honra, tu gloria, tus almas, para tí. Dame tu luz para que acierte a hacer en todo tu adorable voluntad y para inculcarla muy profundamente en todas las que me has dado.

390.     Pero todo es tuyo, en ti confío; no te pido que apartes de mí el cáliz, sino solamente que me des fuerza para beberlo hasta las heces; dispuesta estoy a hacer tu voluntad; no quiero otra cosa que lo que tú quieras; confío en tí, confío en tu Padre; ve que no ha sido vana en mi pobre alma tu palabra. «Creéis en Dios, creed también en mí».

391.     Quiero así, momento a momento, besar y bendecir tu mano, aun cuando me hiera, aun cuando hieran a las hijas que es donde más me cuesta.

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Jesús

392.     ¡Cuánto no debió soportar mi divino modelo, la sabiduría infinita, de sus rudos e ignorantes discípulos! ¡Y jamás dio muestras de impaciencia!

393.     Con tu gracia Jesús mío, en todos estos casos propicios para la impaciencia que se me presenten, quiero recordarte a tí, en medio de aquellos pecadores, con tu paciencia inalterable, para ser siempre como tú, paciente y mansa; con un carácter siempre igual, sonriente y tranquila, aunque las olas furiosas estallen contra mi barquilla.

394.     Y si te conozco Señor, si creo conocerte ¿cómo es que no te imito? Aumenta Dios mío el conocimiento hacia tí para amarte como mereces; aumen­ta mi conocimiento respecto a mí, para despreciarme sinceramente; y así ­Jesús mío, llegaré a imitarte cuanto deseo.

395.     Tenme de tu mano, guíame tu siempre y caminaré por los senderos de la vida.

396.     Sí Señor, quédate en mi corazón, vive en él a tu sabor; ven a refugiarte a este pobre y pequeñito corazón, cuando tus hijos ingratos te hagan sufrir, cuando no quieran recibirte en sus corazones, cuando se burlen y hagan mofa de ti. Y cuando yo misma te contriste, pero que no te ofenda jamás con pecado venial deliberado, ven, quédate conmigo, háblame al corazón, toca a su puerta y yo te la abriré de par en par y tu serás el Dueño absoluto de esta morada.

397.     Quédate conmigo, en las penas que quebrantan, en las torturas, en las agonías del alma, y en las alegrías; en las penas y aflicciones. Tú serás el sostén que no me deje desmayar y en las alegrías tu serás su dueño.

398.     Así Jesús, contigo los desgarramientos del corazón, serán alegrías; las humillaciones serán alegrías las privaciones de todas clases serán alegría, la misma muerte será alegría.

399.     Quédate en mi corazón con tu Madre.

400.     ¡Ah! Jesús mío yo quiero ser misionera de María, quiero extender para que puedas tu reinar, su dulce reinado de amor hasta los últimos confines del mundo.

401.     ¿Por qué no vienen a tus brazos Jesús todos los pecadores de la tierra?; hasta que vengan a tí sabrán, lo que es el amor de un corazón humano, y del corazón de Dios.

402.     ¡Ah Jesús mío! quién tuviera tus virtudes, quién tuviera tu ardiente ce­lo, quién tuviera tu poder para trocar tantos jóvenes corazones.

403.     Tú eres, Jesús crucificado, la única solución en todas nuestras penas, en nuestras faltas, en nuestra dudas; tú eres la única solución en ese tu amor incomprensible hacia tus criaturas, en ese tu amor que en ti, es una locura, ese tu amor que te tiene ciego, en ese tu amor que, según el decir de tu pequeña florecita, Sta. Teresita: es tu lado flaco.

404.     [...] todo, todo el Evangelio, no es otra cosa sino una continua manifestación de las ternuras del corazón de Jesús, de su infinita misericordia.

405.     Por todas partes, en todas sus acciones, en todas sus palabras, y sobre todo en este su sermón de la montaña, me da Jesús su sublime enseñanza de desasimiento que me viene predicando desde su Encarnación, desde su nacimiento, paso a paso, durante toda su vida mortal.

406.     Nuestra vida tiene que tener como ideal, como ejemplar a Cristo, y a Cristo resucitado; contemplarlo en la gloria de su Resurrección, para animarse a seguirlo en su vida de trabajos y afrentas y menosprecios.

407.     El día de la Resurrección del Señor no tiene ocaso, fue de ayer, es de hoy y será de todos los tiempos, continúa siempre, por eso nuestra alegría debe ser permanente.

408.     Toda la vida de N. Señor en torno de mí; en todos los instantes de su vida mortal me tenía presente, como me tuvo desde toda la eternidad.

409.     ¡Que se haga pronto, Jesús Eucaristía, un solo rebaño, bajo un solo Pastor!

410.     ¡Quien nos diera ser como tú, divino Maestro, sin escandalizamientos, sin perplejida­des, sin dobleces, sin amargura! recibiendo a todos con los brazos abiertos dispuestos siempre a acoger al caído, a sostener al vacilante, a confortar al débil, a dar manifestacio­nes de amor al que nos odia, a prodigarnos a todos, para ganarlos a todos a tu divino Corazón. Dios mío, que así seamos tus hijas las  Clarisas Misioneras... que seamos como tú.

411.     Enséñame Jesús a ser dulcemente enérgica: concédeme que, en nuestro Instituto de Clarisas Misioneras, todas las superioras, todas las maestras, todas las que tengan cargo de almas, sean ante todo indulgentes, suaves, aunque también enérgicas, con la dulce energía con que tú trataste a los tuyos.

412.     [...] si no tuve la dicha de verte con mis propios ojos, te contemplo, sí, con los ojos de mi alma, que iluminados por tu gracia, son más vivos, más penetrantes, más puros.

413.     ¡Oh Jesús Maestro, me enamoras! Sí, tú eres el amor de mi alma. ¿Cómo es posible que haya almas que no te aman? ¡Concédeme que te dé a conocer al mundo entero, que te amen todos, como yo te quiero amar!

414.     [...] creo dulcísimo Jesús que no me sacarán mientras viva de tu adorable Corazón y conmigo a toda tu Obra, hasta que, al declinar de las sombras te glorifiquemos todas eternamente.

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